La rutina me ha robado el día y la noche, me ha limpiado la memoria y abandonado para siempre en la vida vulgar de los hombres solos. Por eso, al volver a casa, y cuando estaba a punto de olvidarlo todo, me arrojé por la ventana…
para que no me olviden.
lunes, 31 de enero de 2011
jueves, 13 de enero de 2011
Canto ciego
Apenas audible
el canto del ciego
se pierde entre los fantasmas
de mediodía.
Y sin embargo
caen
unas tras otras
las monedas
en su mano negra.
Solo lástima
solo distancia
solo verguenza
nada de música
nada de amor.
el canto del ciego
se pierde entre los fantasmas
de mediodía.
Y sin embargo
caen
unas tras otras
las monedas
en su mano negra.
Solo lástima
solo distancia
solo verguenza
nada de música
nada de amor.
Mercancía
En el río
a veces un sauce
otras veces un aromo raquítico
denuncian
su condición salvaje.
En mí
solo una vez
el hambre
y su absorvente presencia
sacudió el tibio
transitar
de mi ser
como mercancía.
a veces un sauce
otras veces un aromo raquítico
denuncian
su condición salvaje.
En mí
solo una vez
el hambre
y su absorvente presencia
sacudió el tibio
transitar
de mi ser
como mercancía.
lunes, 18 de octubre de 2010
SIN AZUCAR / PEDRO MAINO
Llegué unos minutos ante de lo habitual para sorprenderla in fraganti, pero fue inútil. El hecho estaba consumado y ella descansaba plácidamente en la cama, mirando la televisión. En momentos como este dudo de la aparente ingenuidad de algunas mujeres y sobretodo de la mía. Resignado, tome la botella casi vacía del refrigerador y fui a preguntarle si es que la había venido a ver alguna de sus hermanas.
– No, ¿por qué me preguntas?
– Porque se tomaron mi Coca-Cola.
– Pero si tú sabes que yo y casi todas las mujeres del mundo no toman Coca Cola normal, solo toman Light, así que probablemente tú te la tomaste y no te diste cuenta.
Y así era todos los días. Tras escuchar alguna explicación de ese tono, es decir, argumentando que solo un bicho raro podría tomar Coca Cola con azúcar a estas alturas de la historia, caminaba rumbo al supermercado. Cuando pienso en los días previos a nuestro matrimonio, en que mis tíos me aconsejaban con respecto a las duras batallas conyugales y la delicada sensibilidad femenina, me da risa. Llevo ya más de seis años viviendo con Isabel y nuestra discusiones no han tenido nada de épicas. No la engaño y aún no me entero si ella lo hace; sus padres y hermanos me caen bien y sus amigas me resultan totalmente indiferentes. Todavía es bonita y si bien no cocina, le da buenas instrucciones a la Martuca para que lo haga. Pero las minúsculas discusiones diarias son tan poco interesantes que empiezo a querer algo más intenso. Por eso, que ella se tome mi Coca Cola y no quiera reconocerlo me parece un buen comienzo para nuestra gran batalla. Si tan solo la descubriera, podría al menos gritarle ¡ladrona! Y así ella tendría que defenderse y luego estaríamos un buen rato gritando por el departamento.
Al día siguiente, llegué antes que Isabel a la casa y desde el baño escuché como vaciaba la botella en el lavaplatos. Al acercarme, acabó reconociéndome que estaba muy gordo y que me hacía mal la Coca Cola. Y como no pude decirle que ella también lo estaba, porque no era cierto, me quede en silencio unos cuantos segundos antes de salir al supermercado.
Mi orgullo herido me obligó a comprar seis latas de Fanta Light.
– No, ¿por qué me preguntas?
– Porque se tomaron mi Coca-Cola.
– Pero si tú sabes que yo y casi todas las mujeres del mundo no toman Coca Cola normal, solo toman Light, así que probablemente tú te la tomaste y no te diste cuenta.
Y así era todos los días. Tras escuchar alguna explicación de ese tono, es decir, argumentando que solo un bicho raro podría tomar Coca Cola con azúcar a estas alturas de la historia, caminaba rumbo al supermercado. Cuando pienso en los días previos a nuestro matrimonio, en que mis tíos me aconsejaban con respecto a las duras batallas conyugales y la delicada sensibilidad femenina, me da risa. Llevo ya más de seis años viviendo con Isabel y nuestra discusiones no han tenido nada de épicas. No la engaño y aún no me entero si ella lo hace; sus padres y hermanos me caen bien y sus amigas me resultan totalmente indiferentes. Todavía es bonita y si bien no cocina, le da buenas instrucciones a la Martuca para que lo haga. Pero las minúsculas discusiones diarias son tan poco interesantes que empiezo a querer algo más intenso. Por eso, que ella se tome mi Coca Cola y no quiera reconocerlo me parece un buen comienzo para nuestra gran batalla. Si tan solo la descubriera, podría al menos gritarle ¡ladrona! Y así ella tendría que defenderse y luego estaríamos un buen rato gritando por el departamento.
Al día siguiente, llegué antes que Isabel a la casa y desde el baño escuché como vaciaba la botella en el lavaplatos. Al acercarme, acabó reconociéndome que estaba muy gordo y que me hacía mal la Coca Cola. Y como no pude decirle que ella también lo estaba, porque no era cierto, me quede en silencio unos cuantos segundos antes de salir al supermercado.
Mi orgullo herido me obligó a comprar seis latas de Fanta Light.
sábado, 2 de octubre de 2010
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