martes, 16 de septiembre de 2008

LOS PAYASOS SE VAN.../ HUGO DONOSO

COMEDIA EN DOS ACTOS
Estrenada el 19 de julio de 1916 en el Teatro Royal de Santiago por la Compañía Díaz de la Haza

ACTO PRIMERO


La escena representa una salita de campo, antigua. Puerta al foro que da al jardín. Ventana con vista al campo. Sillas de mimbre, sofá, mesa de centro. En un rincón el atril de un pintor, con un paisaje a medio concluir. Cajas de pintura, pinceles, etc. Algún desorden.

Doña Mercedes: (Llamando) ¡Luz!... ¡Luz!... ¿estará sorda esta muchacha? ¡Luz!... ¡Luz!...

Luz: ¿Llamaba la señora?

Doña Mercedes: Ya lo creo… Media hora hace que te estoy gritando… ¿Dónde estabas?

Luz: Arreglando la pieza de don Rafael… Viera usted qué confusión… ropa… libros… papeles… cuadros… todo revuelto…

Doña Mercedes : Bueno, bueno… anda a mi pieza y me traes el folletín que está encima del velador… Cuidado con las hojas sueltas…

Luz: Descuide… (Medio mutis)… ¿Cuál de los dos? ¿”El Casamiento de Ultratumba” o “Los siete puñales del Fantasma”?

Doña Mercedes: El que está encima del velador: “El Casamiento…”

Luz: Ah, está bien… (sale contoneándose y cantando a media voz): “Yo he sido cigarrera… Maestra en labores… Y me eduqué en la calle tan renombrada de Embajadores…”

Doña Mercedes: ¡Qué muchacha, Dios mío!... ¡También con musiquitas!... Desde que está mi sobrino todos cantan… ¡Esta chiquilla… malo! Se ha botado a señorita… todo lo pregunta… todo lo quiere saber… ¡Hasta ha pedido una novela para leer en las noches! ¡No faltaba más!

Doña María: (Entrando por la puerta derecha y mirando el cuadro a medio concluir) ¡Jesús! ¡Qué porquería!

Doña Mercedes: Ya estás criticando los cuadros de mi sobrino… ¡Le tienes mala voluntad!

Doña María: ¡Ni lo permita Dios! Lo que tengo es mieo… Desde qu´el llegó anda toa la casa patas arriba… Mucho cuidado, misiá Mercedes, que cuando en una casa se cuela un viento d´esos malos, toítos sufren de aire…

Doña Mercedes: ¡Kjem!... ¡Kjem!...

Doña María: Sí, señora… toítos… En especial los más raquíticos.

Doña Mercedes: ¡Kjem!...

Doña María: Lo ve usted. Ya está con carraspera…

Doña Mercedes: No te pases de maliciosa, vieja… Crees que mi sobrino es un demonio, capaz de perdernos a todos, principiando por mi Chabelita…

Doña María: ¡Kjem!... Ahora me ha bajado a mí la carraspera…

Luz: (Entrando) Aquí está, señora… Parece ser muy bonito…

Doña Mercedes: ¿Y a ti qué te importa?... ¡Vete a tus quehaceres!...

Luz: ¿Quiere la señora que le ponga flores en la pieza de don Rafael?

Doña María: ¡No!... ¡No faltaba más!... Too p´al caballero… ¡Anda a poner la mesa, será mejor!...

Luz: Bueno… (sale canturreando)

Doña María: Miren qué señorita… flores, flores… Ahora que están abotoneando… ¿No lo digo yo?... Too p´al señor… Too pa on Rafaelito… ¡Ni que juese er rey der mundo!...

Doña Mercedes: No digas tonterías, vieja… que Rafael está de visita y hay que atenderlo… Y basta ya da charla que estoy muy interesada en el desenlace de este folletín… (Lee a media voz)

Doña María: (Mirando el suelo) ¡Jesús! ¡Qué revolutis…! Pinceles por aquí, trapos por acá… pinturas por toas partes… ¡Jesús! ¡Jesús!... Y too pa pintar estos mamarrachos… ¡Valientes cuadros!...

Doña Mercedes: ¡Calla rezongoña!...

Doña María: Es que esto no tiene perdón de Dios. Mire usted cómo ha pintado “Los Sauzales”… ¿Son éstos “Los Sauzales”?… ¡Oh!... ¡Qué Sauzales ni qué calabazas!...

Doña Mercedes: ¡Calla!...

Doña María: Como usted se lo pasa leyendo, no ve las mentiras que pinta el señor sobrino. Porque esta es una mentira… ¡Miren que Sauzales, no faltaba más!... Cuatro manchones que no son árboles ni son ná… Otro manchón que no ha sido agua en toa su perra vía… Y allá… en er fondo, dos garabatos, que más parecen un ovillo de lana que dos señoras nubes… Esto… ¡qué va a ser “Los Sauzales”!…

Doña Mercedes: (Sin quitar la vista del folletín) Bueno, bueno… ¡No son “Los Sauzales”!…

Doña María: ¡Claro!... Como on Rafaelito no es nacío ni criao en “Los Sauzales”… a él ¿qué?... pero a una qu´es nacía en “Los Sauzales” y que tiene puesto sus cinco sentíos en “Los Sauzales”… le da rabia que un santiaguino cualquiera venga a llevarse los paisajes e “Los Sauzales”… Menos mal si no se los llevan parecíos… pero esto es desacreditar la tierra de una, señor… Esto es reírse e “Los Sauzales”… ¡Es una mardá!

Doña Mercedes: ¡Vete, vieja… vete!...

Doña María: ¡Ya me voy!... Pero, o yo no entiendo de arte, que lo dúo… o estos no son “Los Sauzales”… (Mutis rezongando)

Doña Mercedes: ¡Esta María!... (En el jardín se oyen las risas de Chabela)

Chabela: (Trayendo al arrastre a su primo Rafael). A ver, so pintorcito de pacotilla… ¿Qué se ha figurado el Murillo éste?... Mi retrato, señor… mi retrato… ¡Ya no espero más!... Ah… te voy a acusar… Mira, mamá… Rafael es un farsante… No quiere hacerme el retrato… ¿Tú te acuerdas que me lo ofreció?... Ahora se hace de rogar…

Doña Mercedes: ¡Esta chiquilla!... ¡Más seriedad, hija!...

Chabela: Es que no quiere, mamá… es un embustero…

Rafael: ¡No! Chabela… es que en estos días no me sentido lo suficientemente inspirado para emprender esa obra maestra… ¡Porque yo te lo juro que va a ser una obra maestra!

Chabela: ¡Farsante!... No vengas con disculpas… Ahora mismo me pongo en “pose” y san se acabó… ¡No faltaba más!... Este pintorcillo de tres al cuarto haciéndose de rogar… ¿Cuándo habrá tenido el muy pillo una modelo más comme il faut?...

Doña Mercedes: Chabela… ¡qué tarabilla eres, chiquilla!...

Rafael: ¡No, si tienes razón!... Te prometo solemnemente que esta tarde principiaré tu retrato… ¡Y vas a ver cómo este pintorcillo de tres al cuarto se va a transformar en un Murillo de verdad para pintar esa carita que es una bendición de Dios!...

Doña Mercedes: No digas tonterías, niño… que la pobrecita se lo puede creer…

Rafael: Muy bien que haría, porque es el Evangelio.

Chabela: Este primo es más mentiroso que un almanaque… Y muy capaz sería de engañarme otra vez… Pero no… ¡lo que es esta tarde tú me haces el retrato!...

Rafael: Dalo por hecho… En medio hora más principiamos el trabajo… Ahora me voy al Correo y en seguida vuelvo…

Doña Mercedes: Mira… ya que vas a pasar por la Plaza, me vas a hacer un favor.

Rafael: El que usted quiera, tía…

Doña Mercedes: Pasar donde el señor Cura y dejarle el folletín que me prestó el Domingo… ¿quieres?...

Rafael: Con mucho gusto… aunque el curita me tiene excomulgado porque dice que soy hereje…

Doña Mercedes: Déjate de tonteras… Voy a buscarte “Los siete puñales”… (Sale)

Chabela: Apenas llegues, principiamos… ¿no?...

Rafael: Sí… ahora me voy pensando en ti, para que mis ojos se vayan acostumbrando a verte un ratito fijamente…

Chabela: ¡Tonto!...

Rafael: Cierto. Para que se acostumbren… Los pobrecitos no están acostumbrados a mirar el sol cara a cara…

Chabela: Tan farsante que te han de ver.

Rafael: Sincero, prima… sincera, nada más…

Don Ramón: (Viejecito simpático, entra canturreando) “El que nace pobre y feo… Enamorado y celoso… Todas las niñas lo llaman,,,” Oye, Rafael, ¿cómo lo llaman?

Rafael: La Carabina de Ambrosio, abuelo…

Don Ramón: ¡Eso es!... La Carabina de Ambrosio… ¡Maldita memoria!... Mira, apúntame aquí la copia… (Saca una libretita) No te rías, Chabela, que cuando uno pasa de los treinta y cinco se pone muy desmemoriado… ¡A ver!… aquí tengo apuntadas todas las otras canciones que me has enseñado. (Rafael escribe) Gracias, así no se me olvida…

Chabela: ¡Qué abuelo éste!... ¡Los dejo en clase de canto!... ¿Entonces, quedamos en que a la vuelta?---

Rafael: Sí… principiamos la obra maestra… (Mutis Chabela)

Don Ramón: Oye tú, mala persona… ¡Cuidadito con pintarme fea a la Chabelita!...

Rafael: No tema, abuelo… que pondré en ese retrato mis cinco sentidos.

Don Ramón: Y después me hace un retrato a mí también… ¿quieres?

Rafael: Cómo no: ¡No faltaba más!

Don Ramón: ¡Ay, Nemesio!... ¡Ay, Nemesio!... Hazme un retrato al magnesio… ¿Qué tal?... Aquí la tengo apuntada… página 8: ¡Ay, Nemesio!...

Rafael: Abuelo: ¡Tiene usted una guitarra en el corazón!...

Don Ramón: Bravo, me gustó la frase… Eso de la guitarra me ha llegado al alma…

Rafael: Me alegro, y a propósito, vaya apuntando esta copla serrana, que es el acabose… (Don Ramón apunta)

Yo quiero que mi ataúd
tenga una forma bizarra:
la forma de un corazón…
la forma de una guitarra…

Don Ramón: ¡Olé!... Si hasta lo chulo se me está pegando con tu compañía… y es que yo, aquí para inter nos, que esto no salga de ti, en mis buenos tiempos tuve mi tete a tete con una tiple de zarzuela… ¡Jijiji!... Tenía unos ojos… y unas… ¡Jijiji!... ¡Bendita sea la hora que te acordaste de nosotros!... Créemelo, Rafael… La vida del campo será todo lo saludable que quieras, ¡pero es una soberana lata!... Sí… estoy hasta aquí con la vida del campo. ¡Yo te aseguro que Fray Luis de León no ha vivido jamás en Rancagua!...

Rafael: ¡Je! A propósito, abuelo… Esta noche debuta un circo en el pueblo.

Don Ramón: Iremos…

Rafael: Claro… Así se distraerá usted un poco. Ahora mismo compraré las entradas.

Doña Mercedes: (Entrando con el folletín) Ah… le das las gracias y le dices que es una preciosura… que cuando termine “El Matrimonio” se lo llevaré yo misma…

Rafael: No se me olvidará…

Doña Mercedes: ¡Ah, mira!... Dale también las gracias por el canastito de limas… Estaban riquísimas… que todas las comimos a su salud…

Rafael: Bueno… (Medio mutis)

Don Ramón: (En un rincón trata de aprender de memoria la coplita) Yo quiero que mi ataúd… tenga una forma bizarra…

Doña Mercedes: Si pasas por la botica, dile a don Martín que mande luego por la manzanilla…

Rafael: Corriente… (Medio mutis)

Doña Mercedes: Ah… se me olvidaba… Cómprame en el Correo dos sellos de a diez.

Rafael: ¿Nada más?...

Doña Mercedes: Nada más…

Don Ramón: (Siguiendo en su tarea) La forma de un corazón… La forma de… Oye, Rafael… cuando vuelvas me tomas la lección… (Mutis Rafael)

Doña Mercedes: ¿Qué haces, viejo?... ¿Qué quieres?...

Don Ramón: Yo… “Quiero que mi ataúd tenga una forma bizarra”…

Doña Mercedes: ¿Estás loco?... ¿Qué forma de contestar es esa?...

Don Ramón: (Saliendo) “La forma de un corazón… La forma de una guitarra”…

Doña Mercedes: Está chiflado… Las coplas le han vuelto el seso… Y como es natural la culpa de todo la tiene el barrabás de mi sobrino. ¡Diablo de chiquillo!... No hace más que pintar, cantar y reírse… Es un pájaro loco… ¡Cuándo sentará la cabeza!... Quizás qué ventolera lo empujó hacia acá… (Se sienta a leer)

Chabela: (Entrando) ¡Por Dios, mamá!... ¿Estás leyendo a estas horas?...

Doña Mercedes: ¿Qué pasa?...

Chabela: No pasa nada… Pero ahora la tarde está más linda que nunca… Es una de esas tardes alegres, en que dan ganas de andar hasta cansarse, de gritar, de correr, de mirar el cielo, de espantar los pájaros, de tocar campanas… ¿no es cierto, viejita?... Yo no sé cómo te estás tú aquí perdiendo todas esas linduras… Vamos a corretear por el jardín mientras llega Rafael… Vamos, vieja, que esta tarde es maravillosa…

Doña Mercedes: Calla, tarabilla… que para ti todas las tardes son lo mismo.

Chabela: No, madre. Esta es una tarde rara, una tarde alegre como ninguna… Yo no sé por qué, pero hoy no siento pena cuando el sol se va… Ahora pienso que mañana ha de volver más brillante y más hermoso…

Doña Mercedes: Calla, charlatana… Mira, siéntate aquí a mi lado… tengo que hablarte…

Chabela: Bueno, pero que no sean sermones…

Doña Mercedes: Cara de sermón tiene… Es necesario, Chabelita, que guardes más seriedad ante tu primo…

Chabela: ¡Pero si él es más charlatán y más hablador y más farsante y más pillo que yo!...


Doña Mercedes: ¡No es lo mismo!... Además, tú eres ya toda una mujer… Es preciso reírse menos… Buena es la alegría, pero no tanto…

Chabela: ¡Bah!... qué afán el suyo de hacerme seria… ¿Quiere acaso que me parezca a la Úrsula, esa tonta beata, hija de doña Eloísa?... No, no… y mil veces no… ¡Pídame todo lo que quiera, menos eso!... Tener esa cara estirada, esos ojos bajos, ese modo de hablar tan seco y esa boca… siempre rezongando, siempre murmurando por aquí, rezando por acá… siempre seria, siempre sola… No, no… esa una antipática… Ni dan ganas de ser su amiga… No, no… ¡todo, menos esa Úrsula!...

Doña Mercedes: No tanto… pero es que eres demasiado chacotera… todo lo tomas a risa y así nadie te tomará en serio…

Chabela: Si no puedo, mamá… Es tan lindo pasar alegre… Todo brilla más… hasta en los días nublados parece que ha salido el sol…

Don Ramón: (Entrando feliz) ¡Ya está!... ¡ya está!...

Doña Mercedes: ¿El qué?...

Don Ramón: Ya sé la lección… aprendí esta copla y toda la canción de la Lola. “La Lola suspira y llora…”, toda, toda… ¡Qué memoria tengo!...

Chabela: ¡Y qué libreta!...

Don Ramón: Bueno, y ¿de qué hablaba?...

Doña Mercedes: De nada que a ti te preocupe…

Chabela: Sí que le preocupa… mamá decía que yo no debía reírme…

Doña Mercedes: Yo no decía eso…

Don Ramón: ¡Esta niña!... Sí que lo decía… Mi pobrecita hija querría que todos fuéramos unos sauces llorones… Por eso está tan vieja… Por eso todos la creen mi hermana mayor… Mientras que yo, fresco y alegre como unas pascuas…

Doña Mercedes: ¡Sí, sí!...

Don Ramón: El otro Domingo, cuando fuimos a misa, oí que decían a mi lado: “Dónde irá la señora Mercedes con ese niño?...” Ese niño era yo, no te quepa la menor duda…

Doña Mercedes: Claro, como que estás en la segunda infancia…

Don Ramón: ¡Ah!... Picadita, ¿no?...

Doña Mercedes: ¡Ea!, me voy, que no se puede estar con ustedes, capaces son de volverla a una loca también… (Sale)

Don Ramón: Adiós, vieja… ¡Cuidado con tropezar!...

Chabela: Mi mamá cree que es malo reírse…

Don Ramón: No le hagas caso… ¡Chocherías!... ¡Como ella ha sufrido tanto!… Ríete tú, y canta aquello de “Yo que siempre de los hombres me reí. Yo que siempre de los hombres me burlé”…

Doña María: (Entrando) ¡Jesús!... ¡Hasta don Ramón cantando!...

Don Ramón: ¿Y qué?... Para eso tengo una garganta privilegiada… En los gorgoritos no me la gana nadie… (Hace unos). Caruso, a mi lado, era una chicharra constipada…

Doña María: Pero, en esta casa ya no se puede vivir… Misiá Mercedes, leyendo; don Ramón, cantando; don Rafael, haciendo… bueno, llamémosle cuadros; la señorita, admirando esos mamarrachos, y hasta la Luz leyendo versos... ¡Sólo falta que yo me ponga a bailar tango!... (Lo marca)

Don Ramón: (A Chabela). No te resultaría el tango, ¿no es cierto?...

Doña María: ¡Jesús! ¡Jesús!... ¡En lo que ha venido a parar esta casa!...

Chabela: ¡Qué exagerada eres, mama!... Aquí no pasa nada… Ha entrado una ráfaga de alegría, pero luego se irá… No te aflijas.

Don Ramón: ¡Qué se ha de ir!... Esta vieja que no se ríe nunca… ¡no sabe más que rezongar!... Y ya se ve como está; más arrugada que un billete viejo… En tanto que yo, soy un congrio de a cien… ¡De esos coloraditos!...

Doña María: Si yo no me quejo de las risas ni de los cantos… Antes había alegría también, pero no desorden… ¡Ahora todo anda patas arriba!... Don Rafael llega a la hora que se le ocurre… A las tres llegó anoche… Para mí que no ha de ir a la Iglesia a esa hora…

Don Ramón: ¿Qué sabes tú?... ¡Puede que vaya a la Misa del Gallo!...

Doña María: ¿A la Misa del Gallo?... De la gallina será… Si en el pueblo too se sabe… Desde que llegó el famoso circo… don Rafaelito se viene acostando a la madrugá…

Don Ramón: Calla, calla, vieja chocha…

Doña María: Es que debiera ser más considerado… No es de persona decente andar entre titiriteros y payasos… ¿Qué irán d´él?... Qu´es un cualquiera… Qu´es uno e tantos que anda e pueblo en pueblo lairándole a la luna, como perro sin amo… y eso no juera ná… que lo pior está en lo que dice por el pueblo…

Chabela: ¿Qué, mama?...

Doña María: Mejor es callarse…

Don Ramón: Sí, calla… ¡No seas chismosa!...

Chabela: ¿Qué dicen, vieja?...

Doña María: Icen que… güeno… icen que on Rafael anda tonto por una titiritera y que tiene relaciones con ella…

Don Ramón: Bueno, bueno… eso es mentira,,, Rafaelito será un deschabetado, un bohemio loco… pero nada más…

Doña María: Será todo lo que quieran… deschabetado, bohemio, pintor, “podeta” o sacristán, pero no es de persona bien nacía recogerse cuando ya las diucas comienzan a cantar y levantarse a l´hora di onces…

Chabela: (Incomodada por la revelación). Vamos, mama… Sermonea a Rafael… pero a nosotros no…

Doña María: Cuarquier día voy a aconsejar a esa bala perdida… ¿Pa qué?... Pa que se ría de mí… Esa es otra; too le parece ridículo, antiguo… A too sale con que “esas son teorías de la Colonia”… Y de too se burla y de todo se ríe… Y lo pior es que el muy pícaro consigue a veces hacernos reír… Porque eso sí: a simpático no se la gana naiden.

Don Ramón: Sale a su abuelo… “Víctimas del atavismo… se les debe perdonas”…

Doña María: Sí, sí… Güeno… ¿Y la señora, dónde anda?...

Don Ramón: En su pieza…

Doña María: Ya verán las consecuencias de la ventolera que ha entrado en la casa.

Don Ramón: ¡Ándate con tu ventolera a otra parte, vieja chismosa!... (Sale María)

Chabela: ¿Será verdad lo que dice esta vieja?...

Don Ramón: ¡Qué ha de serlo, chiquilla!... ¡Estas viejas provincianas le hayan inmoralidades a un libro de misa!... ¡No te preocupes, tontona!... Vamos, que el jardín nos espera… (Mutis de los dos. Pausa)

Luz: (Con un ramo de flores, atraviesa la escena en puntillas y entra al cuarto de Rafael; luego sale). Que no le ponga flores… Parece que juera, doña María… habiendo tantísimas en los praos…

Rafael: (Entrando) ¡Hola!

Luz: (Cortada) Venía… de ejarle flores… que toos los días me encarga la señora María que le ponga en su pieza…

Rafael: Ah, está bien… Dale las gracias… Me encantan las flores en mi pieza… Alegran…

Luz: Ah, ¿si?

Rafael: Las rosas tienen ese encanto… comunican su alegría… Pero te aseguro que de buenas ganas cambiaría todas esas flores de doña María por una florcita de estos campos, como tú… (se le acerca) para colocarte encima del velador…

Luz: No sea así, don Rafael… pa qué se ríe de una…

Rafael: No… en serio… Ahí viene Misiá María… le daré las gracias… Y yo que creía que me tenía mala voluntad… (Mutis Luz foro. Llegan Mercedes y María). Tía, cumplí sus encargos… El señor Cura dijo que no se molestara. Don Martín mandará mañana por la manzanilla y aquí están los sellos… ¿No se me olvida nada?...

Doña Mercedes: Nada…

Rafael: Ah… esta noche iremos al circo… ¿quiere?... Tomé un palco.

Doña María: ¡Kjem! ¡Kjem!

Doña Mercedes: Veremos, veremos… Están las noches tan frías…

Rafael: Fresquitas no más…

Doña María: ¡Kjem!

Rafael: El circo es bueno: Caballos amaestrados, payasos, una domadora…

Doña María: ¡Kjem! ¡Kjem!

Rafael: Está constipada… cuídese, doña María… (Serio)

Doña María: Están las noches tan frescas…

Rafael: Clorato de potasa es bueno… Ah… se me olvidaba. Muchas gracias por las flores…

Doña María: ¿Qué flores?...

Rafael: Esas que todos los días pone usted en mi pieza…

Doña María: ¿Yo, en su pieza?... Bah, bah… buena pieza está usted…

Rafael: No se haga la desentendida… Si me dijo la Luz…

Doña María: Con que la Luz… ¡Kjem!... ¡Kjem!...

Rafael: ¿Le ha vuelto la tos?... Arroparse y tilo…

Doña María: Sí, sí… (Aparte) ¡Habrá pilla!...

Doña Mercedes: (Que examinaba los cuadros) ¿Ahora empezarás el retrato de Chabelita?

Rafael: Sí… en el acto…

Doña María: Entre paréntesis: muy feos, don Rafael, “Los Sauzales”…

Rafael: ¿Qué Sauzales?...

Doña María: Éstos que ha pintado usted aquí… No es por ofenderlo, pero esto tanto se parece a “Los Sauzales” como al Comandante de Policía.

Rafael: Vamos… no es mucha la diferencia.

Doña María: ¿Eh?

Rafael: Nada… Si estos no son los Sauzales, señora… Es una puesta de sol en el río… a la hora del crepúsculo.

Doña Mercedes: ¿Ves mujer?...

Doña María: Ya lo decía yo…

Rafael: Bueno, y gracias de todas maneras por las flores…

Doña María: (Con las de Caín) No hay de qué… cuando se le ofrezca…

Doña Mercedes: Vamos, María… De pasada le diré a la Chabela que tú estás aquí… (Mutis de las dos viejas. Rafael se pone una chaqueta blanca y enciende un cigarro. Prepara sus útiles silbando alguna cancioncilla)

Chabela: Bueno… aquí me tienes… ¿Estás inspirado?...

Rafael: Inspiradísimo… Ya verás qué retrato… La Gioconda, a tu lado, va a resultar un mamarracho… Bueno, no perdamos tiempo… Ponte en “pose”.

Chabela: Aquí…

Rafael: No… siéntate aquí… que te dé la luz de la tarde… Así, así… bueno, quietecita… Esa mano con más naturalidad. (Se la toma. Chabela la retira graciosamente indignada) Sonriendo, ¿eh?...

Chabela: Así… Cuidadito con hacerme muy fea…

Rafael: Un poco fea tendrás que salir… Pero, sonriendo… No, no… Así de tres cuartos… Arréglate el pelito… Ese mechoncito más atrás… Así… así… (Empieza a dibujar) ¡No te muevas!... ¡Chist!... ¡Cuidado! Más afuera la barbita… No tanto, hija… Así… (Pausa)

Chabela: ¿Se puede hablar?...

Rafael: Ya lo creo… pero sin moverse…

Chabela: Ah… esto es otra cosa… Si sigo callada, me sacas con la boca llena… Así. (Hincha los cachetes).

Rafael: ¡Cotorra!

Chabela: ¿Y tú, charlatán?... ¿Vienes a hacerte el mudo?... Mucho cuidado, ¿eh?

Rafael: Será mi obra maestra… voy a poner en los colores todo mi corazón.

Chabela: Ya estás diciendo disparates…

Rafael: No son disparates, prima… ¿Qué sabes tú de arte, colorido, de corazón?...

Chabela: Más que tú… Bueno, siga pintando… Para que no te distraigas, no voy a hablar más…

Rafael: no lo creo… Conviene que hables para que el retrato salga hablando: con toda tu alma… tus palabras y tu risa son la alegría de tu cara… Hablas y ríes como una campanilla de plata…

Chabela: No seas majadero… ¡Pinta, pintorcillo, pinta!...

Rafael: Sí, prima… Tienes una risa, que es una campanada de optimismo… ¡Diera toda mi vida porque ese campanario fuese mío!...

Chabela: No digas tonterías… ¡Pinta, pintorcillo, pinta!...

Rafael: No son tonterías, chiquilla… Lo triste está en que nunca he de conseguir esa felicidad… Nunca… (Pausa… De pronto)… Oye, Chabela… ¿Te casarías tú conmigo?...

Chabela: (Saltando) ¿Qué?...

Rafael: A la pose… a la pose… No moverse… ¿Te casarías conmigo?...

Chabela: ¡Calla, tonto!...

Rafael: Dí.

Chabela: Claro que no…

Rafael: Ah… ¿no?... (Deja de pintar)

Chabela: ¡A pintar!... No, señor… porque eres un grandísimo tuno… te pasas la vida vagando… Hoy en un pueblecito… mañana en otro…

Rafael: ¡Qué le vamos a hacer!... Unos nacen tortugas y otros golondrinas…

Chabela: Prefiero la sopa de tortuga a las golondrinas fritas…

Rafael: No… yo sé que a ti te gustan más las golondrinas… Además, yo no podría hacer otra cosa… Francamente, la aviación me ha hecho mucho daño… Créemelo, Chabela: yo tengo en el corazón un avión de cincuenta caballos de fuerza… Tengo que volar… que volar… Ese es mi destino…

Chabela ¿Y… cuándo aterrizas?...

Rafael: ¡Psh! ¡Dios lo sabe!... Creo que nunca… (Pausa). Oye, Chabela… Mírame, que ahora estoy en los ojos…

Chabela: ¿Así?

Rafael: Sí… quietecita, porque me voy a demorar en concluirlos… ¡Son tan grandes!... En fin, el tiempo que pierda en los ojos, lo recuperaré en la boca, ¡que es tan chiquitita!...

Chabela: Sí, muy chica, parece un buzón…

Rafael: ¡Hay… buzón!... Qué ganas tengo de echarle una carta…

Chabela: No se admiten cartas multadas…

Luz: (Entrando). Don Rafael… Un señor lo busca… Flaco, arrugado…

Rafael: Ah, sí… que pase… (Sale Luz). Es un pobre diablo… el Payaso del Circo.

Chabela: Me iré.

Rafael: No… el infeliz viene por un traje viejo… Está tan pobre… Se va al momento… Es un buen hombre…

Chabela: (Intención). Sí… un amigo íntimo…

Rafael: ¡Qué mala eres, prima!

Payaso: (Entrando). Buenas tarde, señor… Usted disculpe… (Chabela mientras tanto observa el retrato).

Rafael: Hombre, no hay de qué… Entra… (Aparte, a él) ¿Recibió la carta la Etelvina?... ¿Qué dijo?...

Payaso: (Aparte a Rafael). Que estaba bien… A las doce lo va a esperar…

Rafael: Bueno… dile que iré a la función con mi familia… y después pasaré a la carpa… No te olvides… (Alto). Espérate aquí… Voy a ver si encuentro algo por esos roperos…

Payaso: Gracias, señor… cualquier cosa… se lo agradeceré infinito…

Rafael: Ya vengo, Chabela… Vuelvo en un momento… (Sale. Pausa).

Payaso: Usted disculpe, señorita, que haya venido a…

Chabela: ¡Ja!... Usted… ¡qué ha de ser!...

Payaso: Sí… soy el payaso…

Chabela: Vamos, hombre, usted no tiene cara de payaso…

Payaso: No… ahora no… Estoy viejo… Hace veinte años hacía reír… ¡Psh! ¡Qué diablos!... Hay algunos condenados a ser payasos toda su vida… ¡Qué le vamos a hacer!...

Chabela: ¿Por qué no deja usted el circo?...

Payaso: Ah, si no fuese por el pícaro pan… ¿cree usted, señorita, que iba a andar lanzando carcajadas por esos pueblos de Dios?... No, no… pero la vida me empuja, y a las buenas o a las malas, he de seguir viviendo con la cara enharinada… Ahora, ya no sirvo para nada… ¡Ni reír hago! Al contrario, el público se de ríe de mí… Mis compañeros se burlan… ¡Si no fuera por don Rafael!…

Chabela: Ah… Rafael lo ayuda…

Payaso: Sí, mucho… Es un santo don Rafael… En la Compañía lo quieren todos…

Chabela: Sí… ¿es bueno, ah?...

Payaso: Como el pan… y alegre como nadie… Es casi un compañero… Con nosotros ha recorrido todo el norte… Es un gran bohemio. Pinta, ríe… ¡y vive!...

Chabela: ¡Qué vida!...

Payaso: Un día se cansará de rodar y nos dejará.

Chabela: ¿Ustedes se irán luego del pueblo?...

Payaso: En una semana más…

Rafael: (Saliendo con unas ropas en la mano). Toma, aquí tienes estos pantalones. Un poco viejos están, pero peor es nada…

Payaso: Gracias, don Rafael… Se lo agradezco de corazón… Buenas tardes, que usted lo pase bien…

Rafael: Si quieres quedarte un momento…

Payaso: No puedo… Me esperan mis compañeros para salir a recorrer el pueblo… ¡Hay que salir para asustar a los chicos y alegrar a las viejas! ¡Qué triste es tener que salir por las calles a saltos al don de una mala música!...

Rafael: Anda con Dios, viejo… ¡Qué payaso más llorón!...

Payaso: (Sonriendo). Sí… Adiós, gracias… Adiós, gracias… (Se va).

Rafael: (Al despedirse en la puerta). No te olvides, ¿eh?... después de la función iré a verla… (Mutis Payaso).

Chabela: ¡Pobre hombre!... ¡Es un desgraciado!...

Rafael: ¡Qué diablo!... Sigamos nuestro retrato. Aprovechemos este poco de luz…

Chabela: Bueno… adelante… (Se sienta como antes). ¿Así?

Rafael: Así… pero un poco más risueña…

Chabela: Me ha dejado triste la vida de ese pobre diablo…

Rafael: No seas tonta… Todos, payasos o sacristanes, hemos de llegar a viejos… y el dolor de llegar es siempre el mismo… ¿Crees tú que yo cambiaría mi vivir errante por esta vida sedentaria de provincia? No… todo es tan triste… tan igual… Las noches son atroces… Yo me entretengo oyendo las serenatas de los gallos… Anoche el castellano cantó 39 veces…

Chabela: Y eso que no oíste ni la mitad…

Rafael: ¿Cómo así?...

Chabela: ¡Claro!... ¡como que llegaste a las cuatro!...

Rafael: No seas mal pensada, prima… ¡Si salgo de noche es para estudiar las sombras, las luces de la luna en los árboles… en fin, tantas cosas necesarias para pintar un paisaje nocturno…

Don Ramón: (Entrando). ¡Hola!... ¡Hola!... ¿Se pinta?... ¡a ver!...

Rafael: Es un bosquejo…

Don Ramón: Hombre, no está mal… Tiene aire… Sí, sus ojos… sí, su boca…

Chabela: Yo también quiero verme… (Se levanta). Sí… sí… me gusta… Me has sacado mejor de lo que soy… Después con colores, va a quedar igualita…

Rafael: Falta mucho todavía… Mañana continuaremos… Se ha entrado el sol ya…

Don Ramón: ¿Y qué tal?... ¿Mercedes me dijo que habías sacado entradas para el circo?...

Rafael: Sí…iremos esta noche.

Don Ramón: Ya lo creo… ¿Hay buenos elementos?...

Rafael: Más o menos… Hay un perro sabio…

Don Ramón: ¡Psh! No me gustan los perros…

Rafael: Hay un equilibrista…

Don Ramón: Tampoco me gusta: puede caerse.

Rafael: Hay una domadora…

Don Ramón: Eso es otra cosa.

Rafael: Hay también una mujer serpiente…

Don Ramón: Caray. ¿Con que serpiente, eh?...

Rafael: Sí, señor… Con mallas y todo…

Don Ramón: ¡Caracoles!... con mallas. (Aparte a Rafael). ¿Y no se “desmaya”?...

Rafael: ¡Ja! ¡ja!... ¡Qué abuelo!... ¡Es usted el irresistible!...

Chabela: Iremos, ¿eh?... Tengo ganas de ver trabajar al payaso…

Don Ramón: Bueno, hay que arreglarse entonces para estar listo para después de comida… (Sale).

Chabela: Hace muchos años, cuando chica, fui a un circo… Apenas tengo el recuerdo de un caballito blanco y de un payaso muy gracioso que me hizo reír mucho… Seguramente habrá muerto, quizás en un hospital, solo, abandonado… Yo, cuando chica, al verlo tan alegre, tan gracioso, creí que los payasos no podían morirse nunca… Sí, Rafael… creía que los payasos no podían morirse nunca… Es triste andar sin rumbo fijo, ¿ves?

Rafael: Deja esos sentimentalismos… que cuando me detengo un momento a mirar la vida que hago y la que me espera, me dan unos deseos locos de volver atrás… de no seguir andando, de enterrarme en un rinconcito de provincia y vivir tranquilo… entre cuatro paredes, al lado de mi mujercita… Yo, entre mis libros y mis pinturas… Tú, cuidando la casa… las flores.

Chabela: ¿Cómo yo?

Rafael: Sí, Chabela… tú serías la única capaz de hacerme volver a la vida del hogar; de retenerme en esta loca carrera… Tú, nadie más tú, que eres bonita y eres buena…

Chabela: ¿Estás loco, Rafael?

Rafael: Claro. Loco. Si yo, mejor que nadie comprendo que eso es imposible… He de seguir andando como el Judío Errante… He de convencerme que es mentira que te quiero para seguir mi camino alegre… “Riendo a los que vienen. Llorando a los idos… seguir por el largo camino distante… Seguir por los largos caminos dormidos… Con la honda tristeza de un circo ambulante!”…

Chabela: No… no… eso no puede ser. Tú no me quieres…

Rafael: Tanto te quiero, que por el temor de hacerte desgraciada, he de callar toda mi vida este cariño… No, no… estoy convencido de que esta vida mansa y quieta no me atrae como la otra, vibrante y loca… (Se oye la murga de los payasos muy distante). Los Payasos. ¿Oyes? Allí vienen ellos, desparramando alegría por esas calles… ¡Reír y andar! Esa es su vida… ¡Y esa es mi vida también… (Chabela se queda triste).

Luz: (Entrando). Señorita… ¡Los payasos!... (Sale).

Chabela: (Sin ánimo). Los Payasos… ¡Vamos a verlos!...

Don Ramón: (Entrando). ¡Dónde!... ¡Los payasos!... ¡A verlos!... ¡A verlos!... ¡Vamos, niños!... ¡Mercedes! ¿Vendrá aquí la mujer serpiente también? ¡Los payasos!... (Sale feliz).

Rafael: Chabela… sé buena conmigo… Quiéreme como a un payaso… Te alegraré la vida…

Chabela: ¡Mamá!... ¡Mamá!... ¡Los payasos!...

Rafael: Los payasos que llegan… (La murga más cerca).






























ACTO SEGUNDO



La misma decoración del primer acto. Don Ramón dormido en una silla de balanza al fondo. Doña Mercedes y doña María en primer término.

Doña María: Ya lo ve usted señora… Se lo decía yo… Si los santiaguinos son peores que la peste. Donde ellos entran, llevan la desgracia…

Doña Mercedes: Tú exageras, María… Rafael, es verdad, se ha portado mal, pero no es para afligirse tanto… Al fin, la Luz era una muchacha ligera de cascos… Cayó con mi sobrino como pudo haber caído con cualquiera…

Doña María: No, mi señora… Don Rafael tuvo la culpa de la perdición de esa pobre chiquilla… Era buena y trabajadora, pero desde que él llegó… la Luz fue otra… Se dejó engañar por toas las patrañas que el dijo al oído el muy tunante…

Doña Mercedes: ¡María!...

Doña María: Sí, tunante… Y perdone la señora que lo trate así… Pero creo que tengo razón pa ello… Muchos años han pasao encima de mí y muchas cosas he visto, para no saber el significao e las palabras… Además, la Luz, era hija de una sobrina mía… La mancha d´ella argo me mancha a mí también…

Doña Mercedes: ¡Qué le vamos a hacer!... No podía continuar en la casa después de lo que pasó… Cuando Rafael se vaya volverá… Sí, volverá…

Doña María: ¡Cuando se vaya don Rafael!... ¡El gavilán ése se ha cebado!... Puée que aceche otra presa… Mucho ojo, señora, que por allí argo se murmura… y cuando er río suena…

Doña Mercedes: No, no… Calla, María… Sé adonde vas a ir a parar…

Doña María: ¡La Chabelita está enamorada de don Rafael!...

Doña Mercedes: ¡No, no!...

Doña María: Enamorada de don Rafael…

Don Ramón: (Despertándose). ¿Qué bulla es ésta?... ¡Diablo de mujeres!... No pueden hablar sin gritar…

Doña Mercedes: Es que esta María tiene unas cosas…

Doña María: ¡La verdad pura!... Decía que la Chabelita estaba…

Don Ramón: …enamorada de Rafael… ¡Vaya una noticia fresca!... ¡Ja, ja!...

Doña Mercedes: ¿Tú lo sabías y tan tranquilo?...

Don Ramón: Ya lo creo que lo sabía… Si ella me lo dijo… ¡Claro!... Tiene más confianza con su abuelo que con su madre…

Doña Mercedes: No… La Chabelita no hará eso… No, no. ¡Rafael la haría desgraciada!

Doña María: Ya lo creo… ¡Como qu´es un picaflor!...

Don Ramón: ¡Bah! Y eso, ¿qué importa?... ¡Peor sería que fuese un zorzal!... Esos picaflores locos son los mejores maridos… Lo sé por experiencia propia… Al último se cansan de picotear en todas las flores y en todas las frutas…

Doña María: ¡Hay algunos que no se cansan!

Don Ramón: No, vieja… ¡Los más lobos son los primeros que caen!... Todo depende del cebo con que se les atraiga… (Cantando). “La parisina esbelta y fascinante… Siempre divina, amable y elegante…”

Doña Mercedes: ¡No cantes, viejo… No cantes!...

Don Ramón: “Con su perfume logra embriagar… embriagar… Y con su gracia enamorar…” Ese diablo de Rafael es el que me ha pegado este lirismo…

Doña María: ¡No sé qué tiene don Rafael para contagiarlo a toos!

Doña Mercedes: ¡La Chabelita enamorada de ese tarambana!... ¡Si yo tengo la culpa por haberlo recibido en mi casa!...

Don Ramón: (Cantando). “Francisco a la Francisca… Alojamiento pidió… Francisca como era buena… Alojamiento le dio”…

Doña Mercedes: ¡Dale con la musiquita!... Que nada tomes a serio…

Don Ramón: Si todo se arreglará… Deja que los chiquillos se quieran… Y si es verdad que les ha picado ese bicho que se llama Amor, antes de dos meses más, tenemos en casa al cura y al oficial del Registro Civil… no te quepa duda… Y después… ¡Psh! Sabe Dios lo que tendremos… (Señal de chicos).

Doña María: Hay que andarse con los ojos muy abiertos… Que lo de la Luz no vuelva a suceder…

Doña Mercedes: Eso no… Además la Luz ha sido reemplazada por una muchacha muy seria y muy honrada…

Don Ramón: (Saltando). ¿Cómo?... ¿Echaron ya a la Luz?...

Doña Mercedes: Claro… Y se ha tomado inmediatamente a otra…

Don Ramón: (Levantándose). ¿A otra?... ¡Voy a verla!...

Doña Mercedes: No hay para qué… Ahí viene... (Entra la Sinforosa, que es de lo más feo y bruto que hay en plaza… Gangosa, por añadidura. Un bibelot).

Don Ramón: ¡Socorro!...

Sinforosa: Señora, venía icile si ya ponía o no ponía la mesa…

Don Ramón: (Remedándola). ¡Poníala, no más!...

Doña Mercedes: ¡Calla!... Sí, póngala con mucho cuidado…

Sinforosa: Güeno… la poneré… (Medio mutis)

Doña María: ¿Qué tal?

Sinforosa: (Volviendo). Güeno… ¿y con qué mantel la pongo?...

Doña Mercedes: Con el limpio… ese que está en el aparador…

Sinforosa: Ah… güeno… ¿con ese blanco lleno de agujeritos en los laos?...

Doña Mercedes: Ese… (Sinforosa medio mutis) Es un poco tonta la pobrecita…

Don Ramón: ¿Un poco?... ¡Tonta completa!...

Sinforosa: ¿Sabe, señora, una cosa?

Doña Mercedes: ¿Qué, hija?

Sinforosa: Que no puedo poner la mesa con ese mantel…

Doña Mercedes: ¿Por qué?

Sinforosa: Porque, yo le iré, no está limpio…

Doña Mercedes: ¿Cómo que no?... Si lo saqué esta mañana…

Sinforosa: Es que a mí se me dio güerta encima una botella de aceite…

Doña Mercedes: ¡Cómo!...

Sinforosa: Como toitas las botellas… por el gollete…

Doña Mercedes: Digo que cómo sucedió el hecho…

Sinforosa: Ah… muy facilito… yo le iré. Venía entrando al comiero. Venía con la botella en la mano, cuando diun repente se me le enredó una de las chancletas y ¡zas!... di un tropezón juertazo que jui a dar con la botella encima er mantel, que estaba encima del aparaor…

Don Ramón: (Aparte). Es un poco tonta esta pobrecita…

Doña Mercedes: Bueno… váyase… Ya le entregarán otro mantel… Pero cuidado con volver a tropezar…

Sinforosa: Es que yo le iré soy muy arrastrá e piernas… ¡Me lo paso trompezando no más!... (Sale a tropezones).

Doña Mercedes: ¡Maldita muchacha!... María, dale otro mantel…

Doña María: Voy… Poco a poco irá aprendiendo… Es un poco huasa…

Don Ramón: ¿Un poco no más?...

Doña María: (Saliendo, en tono zumbón a don Ramón). ¿Qué tal?... ¿Qué tal?...

Don Ramón: (Indignado). ¡No hay derecho!... ¡Esto es un colmo!... Un acto de barbarie traer este bagre en lugar de Luz… ¡Esto es un retroceso!... ¡Va contra la civilización, contra la estética, contra el Progreso!... ¡Es una aberración querer reemplazar a la Luz, que era una Luz eléctrica, por este chonchón de parafina!... ¡Yo me opongo, señores!... (Ruido de quebrazón adentro). ¿Ves?... ¡La Parafina está haciendo de las suyas!...

Doña Mercedes: ¡Maldición!... ¡Esa muchacha lo va a romper todo!... (Sale apurada).

Don Ramón: (Gangoso). Como se lo pasa trompezando…

Chabela: (Entrando). ¿Qué ruido es ése?

Don Ramón: Nada… Que esa Venus de Milo que han tomado está en servicios…

Chabela: Ah, sí… es que es un poco gangosa…

Don Ramón: ¿Tú también?... ¡Un poco gangosa!... Ese afán de empequeñecer las cosas.

Chabela: Y todo por echar a la Luz…

Don Ramón: Todo… Nos hemos quedado a obscuras… Esa Luz era una ampolleta de cien bugías…

Chabela: Mire, abuelo… dígame una cosa… ¿Es cierto lo que dice la señora María? ¿Es cierto que por Rafael echaron a la Luz?...

Don Ramón: Según y cómo… pero no te aflijas…

Chabela: ¡Cierto!... ¡Y el muy pillo decía que me quería!...

Don Ramón: Y te quiere… Eso no significa nada…

Chabela: ¿Cómo nada?... ¿Entonces es verdad que le gustan todas las mujeres?_...

Don Ramón: ¿Y a quién no le gustan?... ¡Todas!... menos esa gangosa… El asunto está en que le guste una más que todas… Y esa eres tú, no te quepa duda.

Chabela: No… su gran amor es esa mujer del circo… ¡Maldita mujer!... Él vino aquí por ella no más… y ahora que el circo se va, ¡también se irá! ¡Cuánta razón tenía la señora María al decirme que mi primo era como un viento loco, que arrasa los campos, destruyendo a su paso todas las flores!...

Don Ramón: La señora María es una cuentista… No le hagas caso… Que si es verdad que él te quiere, se quedará con nosotros… Dejará que el circo se vaya recorriendo otros pueblecitos, para quedarse a tu lado, contento, tranquilo, queriéndote mucho…

Chabela: No puede ser… Los payasos lo atraen…

Don Ramón: No, nena… A todos, cuando hemos tenido veinte años, nos ha atraído la farándula… Todos hemos querido andar por esos caminos de Dios, sin rumbo fijo… Todos hemos tenido en la cabeza sueños enharinados, carnavalescos… Pero luego, los años nos quitan la careta… La vida espanta los payasos de nuestra imaginación, y volvemos al redil, cansados de tanto caminar y con unas ansias locas de quietud, de paz y de silencio…

Chabela: No, abuelito… A Rafael lo atrae una mujer… Esa, la del circo… Sí, viejo… Yo no quería creerlo, pero tuve que convencerme… Una noche que fui al circo vi claramente todo lo que me habían dicho… Mientras esa mujer hacía sus pruebas, Rafael estaba pálido, nervioso, temiendo una caída… Ella lo miraba sonriente, como diciéndole que no tuviese miedo… Y yo, se lo juro, abuelito… ¡rogaba para mis adentros con una devoción que jamás he sentido, que esa mujer se cayese desde lo alto, que se estrellase en el suelo!... Cuando se terminó su trabajo y el público la aplaudió frenético… yo, inconscientemente lancé un silbido… Desde esa noche no he vuelto al circo… comprendí mi maldad… Tuve un pensamiento asesino… Y estoy segura que si vuelvo a ir tendré le mismo pensamiento… ¡Y a pesar de saber que cometo un pecado muy grande, seguiré rogando con todas mis fuerzas para que esa mujer se caiga, para que esa mujer se estrelle en la arena del circo! ¡Soy muy mala, abuelito!... ¡Soy muy mala!... (Se echa a llorar).

Don Ramón: Vamos, niña… tú estás loca… ¿qué es eso?... ¿Llorando por tonterías? Rafael te quiere… Rafael se quedará aquí… Rafael no seguirá a esa mujer… Vamos, no seas chiquilla… No llores, que las lágrimas no sirven para nada… apenas si nos ponen colorada la nariz… ¡vamos!... ¡yo te prometo hablar con Rafael y te juro que no seguirá a los payasos! No, no… (Mutis de don Ramón y Chabela por el foro).

Rafael: ¡Diablo de payaso!... ¡Todavía no llega!... ¿Qué mala pata se le habrá roto ahora?... (Mirando el retrato de Chabela a medio concluir). ¡Psh!... No me estaba quedando tan mal, que digamos… Lástima de retrato. ¡Y qué bonita es!... Pero, no… Para qué pensar locuras. ¡Qué diablos!...

Doña Mercedes: (Entrando). Ah… tú aquí…

Rafael: Sí, tía… ¿Se le ofrecía algo?...

Doña Mercedes: Dos palabras, niño… Necesito que me escuches seriamente…

Rafael: ¿Drama tenemos?...

Doña Mercedes: No sé si para ti será un juguete, pero para mí, drama y muy drama.

Rafael: Tía… no me asuste… ¿Qué es eso tan terrible?...

Doña Mercedes: No voy a hablarte de Luz… No… aquello ya pasó… Lo que ahora me preocupa es grave, muchísimo más grave…

Rafael: La escucho.

Doña Mercedes: ¿Es cierto, sobrino, que estás enamorado de mi Chabelita?...

Rafael: No… bueno, ¡sí!... es cierto… Pero…

Doña Mercedes: ¿Pero qué?… ¿Acaso tiene perdón de Dios lo que haces?... Tú lo sabes mejor que nadie… Mi Chabelita no será nunca tuya… Tú no has nacido para ella…

Rafael: Yo no sé para quién habré nacido… pero a la mujer que me gusta yo la miro… nada más…

Doña Mercedes: Tú no has nacido para ella, repito… ¡ni para ninguna mujer honrada!

Rafael: Tía… ¡esas palabras!...

Doña Mercedes: Esas palabras apenas significan lo que quisiera decirte. ¡Tú no has correspondido al cariño de estos pobres viejos, a quienes has querido robarle, de mala manera, su único tesoro!...

Rafael: Usted me ofende, tía… No estoy dispuesto…

Doña Mercedes: Abandona las actitudes de comediante… ¡Que cuando la vida se impone, están de más las caretas y las farsas!...

Rafael: ¡Será!... pero también es lógico que yo haga mi defensa… ¡Todo es farsa!...

Doña Mercedes: ¿Cómo se entiende?... ¿Acaso pretendes que esos amores tuyos con mi hija no son más que una comedia?...

Rafael: Creo que unas cuantas palabras de amor y unas cuantas miradas, no son lo suficiente para amarrar dos vidas…

Doña Mercedes: Entonces… ¿no quieres a mi Chabela?... Di… ¿es eso?...

Rafael: No… no es eso…

Doña Mercedes: ¿Entonces?...

Rafael: Bueno… sí; ¡no la quiero!... No la puedo querer… No le conviene que la quiera…

Doña Mercedes: Eres un mal hombre: mi Chabela sufre por ti… Y tú las has hecho sufrir por gusto…

Rafael: No confunda las cosas… Sería mil veces más villano si continuara mintiendo amor… Lo que en un principio fue una entretención pasajera, una agradable mentira, no puedo convertirla en una obligación eterna ni en una verdad canallesca, sólo por satisfacer el prejuicio de las palabras…

Doña Mercedes: No… no he querido ofenderte, Rafael… Claro que peor sería que por dar gusto al qué dirán, convirtiese en serio lo que para ti no es más que un pasatiempo… ¡pero, un pasatiempo de mal gusto!... Has elegido una víctima demasiado buena, demasiado ingenua para tus bromas de hombre de mundo…

Rafael: reconozco mi culpa… y aún diré más… Creo que si no tomase la determinación que he tomado, llegaría un día a enamorarme seriamente de mi prima… ¡Si es que ya no lo estoy!...

Doña Mercedes: ¿Qué has determinado?...

Rafael: Me voy esta tarde.. Dejaré para siempre esta casa vieja y solariega, en la cual no he hecho otra cosa que sembrar dolores… Mi aliento de hombre civilizado y moderno mata las flores de los campos… ¡Me voy!... sí; me voy con pena… con una pena muy rara… pero me voy…

Doña María: (Que al entrar ha oído las últimas palabras). ¿Quién se va?... ¿Usted?... ¡Pues, me alegro!... ¡No eran tan goloso el gavilán como yo creía!

Doña Mercedes: ¡María!...

Rafael: Ya lo oye usted… Para esta pobre vieja, con los ojos cansados de ver sólo virtudes consagradas de abuelos provincianos, yo soy un gavilán… ¡un gavilán temible!... No temas, vieja… ¡Me voy para dejarte tranquila!...

Doña María: Bueno… yo decía eso… porque, vamos…

Doña Mercedes: No, María… Rafael… no es lo que tú te figuras…

Rafael: Lo dicho tía… Esta tarde parto… Quizás media hora más…

Doña Mercedes: Pero, niño… por Dios… ¿tan pronto?...

Rafael: No acostumbro a pensar mucho mis decisiones… Además, odio las despedidas largas… Un adiós corto mata menos ilusiones y ahoga más recuerdos… Ya lo sabes, vieja… el gavilán emprende el vuelo… (Las viejas se quedan mudas, Rafael las mira y prosigue). Yo tuve la culpa. Yo… que como un payaso alegre y vagabundo, quise dar unas funciones de circo en esta casona severa y triste… La función ha fracasado, no por falta de alegría del payaso, sino porque vuestros corazones, hechos ya al sosiego del campo, recibieron con mirada hosca y ceño hostil mis afanes de titiriteros y no aplaudieron el sacrilegio de mi risa… Me iré otra vez con mi bagaje de juventud y alegría… La temporada ha terminado funestamente… Me iré otra vez con mi cara enharinada, a seguir mi vida peregrina y loca de bohemio despreocupado… Dudé un instante, digo mal, muchos instantes, antes de decidirme a marchar… Pensé seriamente en la vida inquieta y amarga que me aguarda y hasta llegué a creer de corazón que mi felicidad iba a encontrarla aquí bajo el techo de esta casa vieja en la paz del hogar… Pero mis risas y mis locuras han alborotado vuestra tranquilidad, y por haber sido un poco enamorado y otro poco aventurero, no se me concede el derecho de plantar mi tienda de bohemio en este suelo… (Las viejas se miran algo conmovidas).

Doña María: ¡Dios sabe qué pena tengo!... ¡Sí, don Rafael!... Serán chocheras de vieja, pero es la verdad… Desde que usted llegó, estaba rogando para que se fuera… y ahora que se va, siento un no sé qué… así como ganas de llorar y de pedirle que no se vaya… ¡Qué vida! Yo lo creía a usted otra cosa: lo creía más malo…

Rafael: No cambie de opinión…

Doña Mercedes: Voy a llamar al viejo: es necesario que antes de partir hables con el abuelo… (Mutis).

Doña María: ¡Lo que es la vida!... ¡Que nunca se ha de saber que el agua es bueno sino cuando se seca el pozo!...

Rafael: Deja, vieja, esas cosas. Me voy porque soy lo que tú dices: un gavilán. Tengo muchas alas, para vivir entre estas cuatro paredes… Y si quieres que me vaya contento, no llores, vieja…

Doña María: ¡Dios sabe qué pena!... ¡Pobre Chabelita!... (Sale lloriqueando).

Rafael: ¿Dejar todo esto?... No sé por qué se me oprime el corazón… ¡Parece que hubiera echado raíces en esta casa vieja!... ¡Qué diablo!... ¡Nos iremos! Y el retrato… quedará sin concluir. (Empieza a guardar los útiles).

Chabela: (Entrando). ¿Cómo?... ¿no pintas hoy?...

Rafael: No… hoy no… No tengo ganas…

Chabela: ¿Entonces mañana?...

Rafael: Quizás… (Pausa). Hoy salgo de esta casa… Sí. Chabela… Me voy… Debo irme…

Chabela: ¿Qué dices?...

Rafael: Que esta tarde parto… Que en medio hora más, me alejaré de esta casa bendita, con una pena muy grande…

Chabela: ¿Cómo?... ¿Te vas?...

Rafael: Sí… Tan de pronto… Los acontecimientos han precipitado…

Chabela: Es una locura lo que vas a hacer…

Rafael: Quizás sea lo único cuerdo que he hecho en vida…

Chabela: ¡Tú no tienes corazón!...

Rafael: ¡Que no tengo!... ¡Tú bien sabes que sí!... Y es por eso que huyo de aquí… Por no cometer la vulgaridad de enamorarme…

Chabela: Eso es palabrería… Y palabrería eres todo tú… Palabrerías fueron tus promesas y palabrerías tus disculpas…

Rafael: No, prima… Si yo te hablé de amor fue porque en realidad lo sentí. Pero fue un amor para dicho, un amor pequeño comparado con el amor silencioso. Ese amor que paraliza la lengua, para dejar hablar solamente al alma que se transparenta en los ojos…

Chabela: No… si la tonta fui yo para creerte… No sabía que había un amor para decirlo y otro para callarlo…

Rafael: Sí… los hay; y algunas veces se confunden: el amor grande habla y el amor pequeño enmudece… Ahora está hablando el verdadero amor… Sí, Chabela, yo te quiero mucho… créemelo… y es por eso que me voy…

Chabela: Tú te vas porque se van los payasos… y con ellos aquella mujer. Pero no le eches la culpa a mi cariño, que si es verdad que hay un poco de amor, eso no te empuja a huir…

Rafael: Me voy porque soy un cobarde… (Pausa. Mutis lento de Chabela). “Y a pesar de toda mi hambre de ternura… Cerrando los ojos la dejé pasar”…

Sinforosa: (Entrando con un ramo de flores). Güenas tarde…

Rafael: Buenas… ¿Para quién son esas flores?...

Sinforosa: ¡Pa naiden!...

Rafael: ¿Ha venido alguien a buscarme?

Sinforosa: Naiden…

Rafael: ¡Qué diablo!... Ese payaso capaz sería de no venir… Si alguien viene le dices que pase…

Sinforosa: ¿Ehh?...

Rafael: Que pase… que estoy aquí…

Sinforosa: ¿Onde?

Rafael: Aquí…

Sinforosa: Güeno…

Rafael: ¿No han traído alguna carta?...

Sinforosa: Niuna…

Rafael: ¿Nadie ha preguntado por mí?

Sinforosa: Naiden… (Mutis después de arreglar las flores).

Rafael: (Asomado a la ventana del camino). ¡Qué cobarde soy!... La vida quieta me asusta… ¡y me atrae!... ¡Malditos caminos sin rumbo que me llamáis en la lejanía de los campos!... ¡Malditas vereditas que atravesáis el mundo sin llevar a ninguna parte!... ¡Por esos caminos polvorientos je dejado correr mi vida como una loca… y ahora siento una angustia al verlos!... ¡Caminos sin fin!... ¿a dónde lleváis?...

Don Ramón: (Entrando). ¿Qué es eso, Rafaelito?... ¿Es verdad lo que me dicen?... ¿Es cierto que te vas?...

Rafael: Desgraciadamente sí… Hoy salgo… Espero que el payaso venga a buscarme.

Don Ramón: No… no… Esa es una locura… Tú estás chiflado… sí, sí… ¡chiflado!...

Rafael: Abuelo… No… Estoy cuerdo… Y por eso me voy y por eso me alejo y por eso sigo viviendo como antes…

Don Ramón: ¡Bah!... ¡Bah!... ¡Paparruchas!... ¿Te desconozco, nieto… Tú… el Caballero de Gracia, hablando tan ceremoniosamente?...

Rafael: Abuelo… el Caballero de Gracia está triste…

Don Ramón: Vamos, deja ese tono a un lado y hablemos francamente… ¿Por qué te vas?...

Rafael: Me voy… porque estoy enamorado…

Don Ramón: ¿De quién?... ¿De la titiritera?...

Rafael: ¡No!... ¡no!...

Don Ramón: ¿De doña María?...

Rafael: Vamos, abuelo… No bromee… Quiero de todo corazón a mi prima… y como casarme con ella sería una insensatez… ¡he resuelto marcharme hoy mismo!...

Don Ramón: ¡No seas papanatas!...

Rafael: Sí, abuelo… Yo soy demasiado poco para ella… Ella es demasiado buena para mí… ¡Yo siento en mi sangre la divina locura de andar!... ¡No!... ¡no!... Si no puede ser abuelo… Créamelo… A veces me dan ganas de quedarme, de hacer una vida ordenada… de vivir con ustedes, de levantarme temprano… de trabajar mucho… de casarme con mi prima y de vivir únicamente para ella… Pero luego me asaltan los temores de olvidarla… de volver a la vida antigua… de emprender una aventura deschabetada, y entonces siento miedo de quedarme… y entonces prefiero irme, continuar esta vida viajera, sin sentido y sin preocupaciones…

Don Ramón: Lo dicho: eres un palangana… Tú te quedas aquí. Tú vives con nosotros: Tú trabajarás en el campo… Tú quieres a mi Chabela y ella te quiere a ti… Ustedes se casarán…

Rafael: ¡Abuelo!...

Don Ramón: Lo dicho: se casarán… Yo seré el padrino… Nada… nada… Eres todavía un niño… Y eso es lo importante… No faltaba más… ¡No hay réplica!... En dos meses más haces la locura definitiva: te casas.

Sinforosa: (Entrando). Don Rafael: un caballero largucho, flacucho y feucho predunta por usted…

Rafael: El payaso… Dile que pase…

Sinforosa: (Gritando). ¡Paselé!... ¡Paselé!... Parece que juera gringo… No entiende cuando le hablan claro… ¡Paselé!... ¡Paselé!...

Don Ramón: ¿Has visto qué mujer?... ¡Es un parche roso!... Créemelo, Rafael, cuando me dijeron que te ibas, sospeché que era por no ver a este pajarraco… y hasta a mí me dieron ganas de irme también… ¡Yo no sé por qué Dios pierde el barro haciendo tinajas!... ¡Cuando con el mismo material podía fabricar mujercitas archisupergrandiosas! ¿No me hallas razón?...

Rafael: ¡Sobrada!

Don Ramón: Claro… A Dios no más se le ocurre perder una costilla de Adán haciendo a la Sinforosa… ¡Maldita sea!... Con lo caras que están las costillas ahora…

Payaso: (Entrando). Buenas tardes…

Rafael: Muy buenas… ¿No hay novedad?...

Payaso: Ninguna… Todos en la estación esperándolo…

Rafael: Bueno… En mi pieza tengo todo listo… Andando… (Entra a su cuarto. El payaso lo sigue, pero se detiene al saludo de don Ramón).

Don Ramón: Salud, señor… Con que esta tarde de viaje…

Payaso: Sí, señor… en diez minutos más sale el tren…

Don Ramón: Pues apurarse, que Rafael no ha de acompañarlo…

Payaso: ¿Cómo que no?...

Don Ramón: No, señor… Se queda con nosotros, aburrido de andar ladrándole a la luna…

Payaso: Pero, señor…

Don Ramón: Se acabaron los payasitos…

Rafael: (Saliendo). Abuelo… ¿qué hace usted?...

Don Ramón: Nada… que te quedas… que no te vas…

Rafael: Vamos, viejo… Eso es imposible… No puede ser…

Don Ramón: Lo dicho… ¿No quieres tú a mi Chabela?...

Rafael: Sí… con todo mi corazón… ya le he dicho que por eso me voy…

Don Ramón: Vamos, hombre… déjate de paradojas cursis… Tú te quedas y san se acabó… Convéncete, Rafaelito… Lo que tú haces no es vivir… La felicidad está aquí: en este caserón viejo, pero tranquilo… Eso de andar por ahí, a veces riendo, a veces llorando, es muy triste… El corazón se cansa de esa vida viajera y cuando quiere volver ya es tarde… ¡La felicidad ha pasado! Si yo también fui de esos locos volanderos, pero no me arrepiento de haber vuelto al redil… A los veinte años todos somos golondrinas, pero después, la pechuga también se no pone negra y nos transformamos en unos pobres tiuques que necesitamos de nuestra jaula tranquila parra poder vivir… ¿No es verdad, señor Tiuque… digo, Payaso?...

Payaso: Ha hablado usted como un libro… Mucho siento yo que don Rafael nos deje en medio del camino, pero me alegro, porque ha de ser para su felicidad; sí, don Rafael… La vida se hace muy pesada, cuando se anda por caminos muy largos…

Rafael: Sí… pero ella… ¿qué dirá?... Etelvina…

Don Ramón: ¡Bah!... ¡bah!... Tú no la quieres… Tú no estás enamorado de ella, lo que a ti te atrae es la carpa bohemia, y basta ya de carpa… ¡que cuando se nos viene el invierno encima, más seguro se está en un caserón que en una tienda de trapo!...

Payaso: ¡Justo!... Además, ella tampoco lo quiere a usted… Claro que no se puede querer en nuestra vida… ¡No hay tiempo para pensar en nada seriamente!... Lo que ella le agrada, es tener un admirador de nombre y de lustre… como usted… con lo cual dar envidia a sus compañeras… pero eso no es amor, ¡eso es aureola!... Créame, don Rafael… No lo quiere, no lo quiere… ¡Créame que le habla un maestro de la farsa, que ha vivido con ella y que ha dado su vida por ella!... esta es la primera vez que hablo sin careta… ¡Quédese, don Rafael!... ¡Quédese! (Dan las seis en el reloj). ¡Caray!... ¡Las seis!... Me voy corriendo… Hasta luego don Rafael… Que se usted muy feliz, y no se olvide nunca de este viejo payaso que ha sabido quererlo…

Don Ramón: Venga esa mano… ¡No merecía usted ser payaso!...

Rafael: Adiós, viejo… adiós… Muchos saludos para todos… (Lo acompaña a la puerta). Aquí dejas un buen amigo… ¡un payaso fracasado!... (Mutis payaso. Pausa). Abuelo… ¡Tengo pena!...

Don Ramón: ¡Bah!... Tonterías… Es la pena que se siente cuando se va algo, bueno o malo, para no volver jamás… ¡y no acordarse más de esto! Y ahora, a concluir el retrato de mi Chabela… ¡Chabela!... ¡Chabela!...

Rafael: No… no… No la llame usted…

Don Ramón: Vamos, no seas niño… ¡Chabela!...

Chabela: (Apareciendo). ¿Me llamaba, abuelito?...

Don Ramón: Yo no… El que te llamaba era Rafael… para concluir el retrato…

Chabela: (Dudando). ¿Rafael?...

Rafael: Sí, prima… Yo, que no me atrevía a gritarlo con toda mi fuerza… ¡Chabela: te quiero!... ¡Te quiero con todo mi corazón!...

Chabela: No… eso no puede ser; tú me dijiste que esta tarde salías de casa…

Don Ramón: Vamos, tonta… No te hagas la regodeona. ¡Miren ésta ahora!... No temas, que los payasos se han ido…

Rafael: ¡Y para siempre!...

Don Ramón: El gavilán se queda entre nosotros… Le hemos cortado las alas y con esas plumas hará su nido… (Rafael y Chabela se miran en silencio). Bueno, basta ya de miradillas… ¡Al retrato!... ¡Al retrato!... (Sienta a Chabela en la silla que da a la ventana. Rafael, como un autómata, arregla los útiles).

Rafael: Así, prima… Mirando para acá… Sonriendo…

Don Ramón: Alegres, muy alegres…

Chabela: (Haciendo una sonrisa fingida). ¿Así?...

Rafael: Sí… sí… más levantada la cabeza…

Don Ramón: (Tomándola). Arriba la barbita… y sonriendo… ¡siempre sonriendo!...

Rafael: (Principia a pintar sin ganas. Se oye fuera, distante, la murga del circo que se aleja). ¡Los payasos se van!... ¡Los payasos se van!...

FIN DE LA COMEDIA

¡POBRE GRINGO! / HUGO DONOSO






Llegó una tarde a la casa del administrador de la hacienda pidiendo trabajo. Era un mocetón fornido, rubio, de ojos claros. Hablaba difícilmente el chileno. Apenas se le pudo entender que venía de muy lejos, que tenía cansancio, y que tenía hambre. Había andado mucho por esos caminos sin rumbo.

Como era época de cosecha y el trabajo abundaba, fue fácil darle una ocupación. Sería un peón más para la siega. Esa misma tarde el administrador lo presentó a la cuadrilla.

– Aquí tienen a este gringo pa que los ayude. No me pregunten cómo se llama porque tiene un apelativo tan rarozo que parece un lairío de perro loco.

Desde esa tarde todos llamaron al nuevo compañero “El Gringo”. Nada más que “El Gringo”. Nadie trató siquiera de averiguar su nombre y de saber de dónde venía y para dónde iba. ¡Pobre gringo: fue uno de tantos que siempre llegan! ¡Que siempre son forasteros!

Desde el primer momento fue recibido con frialdad. Los peones vieron en él a un extraño que venía a arrebatarles el trabajo. A una boca más que quería comer.

El gringo no pareció darse cuenta de esta hostilidad sorda que lo rodeaba. Siempre solo, callado, rumiaba entre dientes una canción de su patria lejana.

Trabajaba desde el amanecer; después, al caer la tarde, se dirigía al despacho de la hacienda, se sentaba en una mesa del rincón y pedía una copa de cerveza.

Allí pasaba las horas lentas, con la cabeza apoyada entre las manos y con la mirada fija en la copa de licor.

¡Parecía soñar despierto! A ratos, levantaba la mirada y la clavaba angustiosa, humilde, en los ojos negros y profundos de la muchachita que servía detrás del mesón. Era la hija del vaquero del fundo, una mujercita coloradota, de largas trenzas negras y de boquita risueña. Ella era la que servía el negocio. Los peones la trataban con cierto respeto y a veces, cuando le decían alguna galantería demasiado grosera, ella se ponía muy seria y hacia un gracioso respingo con la nariz.

– Venaiga, ya se enojó la Carmelita. Tan requete delicá que lan de ver. Como si no juese cierto que Antonio anda tonto por esa carita que es una breva maúra…

Y era verdad lo que el peón decía. Antonio, el capataz de la cuadrilla, era quien cortejaba a la muchacha. Nadie se había atrevido a disputársela. ¡Era muy hombre! Había corrido mucho mundo y había hasta peleado en la guerra. ¡Ay de aquel que se hubiera atrevido a poner los ojos en la Carmelita!

El despacho estaba lleno de trabajadores. El gringo, como de costumbre, solo, mirando fijamente la copa de cerveza como si quisiera ahogar su mirada angustiosa en esa bebida amarga y negra.

Todos bebían tranquilos, Carmelita conversaba alegremente con Eleuterio, uno de los peones de la hacienda.

– Oiga mijita. ¿Cuándo es el casorio?

– Pa Mayo.

– Ya… Ya… como si Antonio no tuviese nafta o ganas de atracarle el bote… ¡Por la madre los rotos con suerte! ¡Ay, quien fuera Antonio!

En ese momento el gringo levantó la cabeza y se quedó mirando fijamente a la Carmela.

– Oiga, gringo de agua durce. No me la mire tanto con esa cara e laucha entumía que me la puee poner fea.

Estalló en los corrillos una risotada y todos se volvieron a mirar al gringo.

– Venaiga con el aniñao. Ya se templó de la Carmelita… No se apequene iñor. Si es tan gallito mire frente a frente, cara a cara. A Antonio no se la juega nadien. Menos un gringo cara e palo. Hay que amarrarse los pantalones pa juárselas a un roto chileno.

El gringo se levantó bruscamente de su asiento, dio un fuerte puñetazo en la mesa, clavó su mirada como un puñal en el rostro de Eleuterio y en actitud provocativa le quedó mirando fijamente. Parecía otro. Al verlo así, tan fiero, daba miedo. Y Eleuterio lo tuvo, cambió de actitud y para echarlo todo a la broma exclamó:

– Estos gringos son como de resorte. Parecía una diuquita y ha resultao un novillo bravo. Venaiga iñor, no sea mañoso… Asiéntese… Si yo no igo ná.

Y para que todo terminase alegremente, se alejó cantando:

Venaiga con el gringo
cogollito de viento norte
que se alarga y que se achica
y se quea el mismo porte…

Todos estuvieron a punto de soltar una carcajada, pero la mirada fría y constante del gringo les heló la risa en los labios. Todos se quedaron serios, comentando el hecho en voz baja. Y el gringo como un autómata, pidió otra copa de cerveza y se quedó mirando fijamente a la muchachita de las trenzas negras y de los ojos profundos, que le sonreía maliciosamente detrás del mesón…

Desde ese día para nadie fue un misterio el amor desesperado y silencioso que el gringo sentía por la Carmelita. Los peones empezaron a murmurar:

– ¡La Carmelita también lo quiere! Cuando le sirve la copa de cerveza lo mira de una manera muy rara.

– ¡Cierto, muy cierto, la Carmelita miraba al gringo con una mirada triste: como con pena, con lástima, con cariño!...

Era lo que faltaba, que el gringo no sólo comiese de sus tierras, sino que se llevase la mejor muchacha de la hacienda. No, no. Eso no podría ser. Ya se las vería con Antonio.

Fue un día sábado por la tarde. Día de jolgorio: pues era día de pago. El despacho estaba lleno de trabajadores, que ahogaban las penas de la semana en espumeantes “potrillos” de chacolí. Había un ambiente de alcohol. Murmullo, rencores, copas que chocaban y en todos los rostros una pregunta.

¿Qué sería del gringo?

– No viene, decía uno, porque es un cobarde. Como sabe que está aquí Antonio.

Y en verdad, allí estaba Antonio, alegre, demostrando con sus risas que era todo un valiente. Hablaba en voz alta.

– Oiga Carmelita, ¿qué es de gringo? ¿Es cierto que se murió e susto? Igale que venga, que no sea cobarde… Tengo unas ganas de dar bofetá… Me comen las manos… No le he pegao nunca a un gringo… Icen que quea en los deos gusto a durce e membrillo…

Todos reían y Carmela inquieta, atemorizada, rogaba para sus adentros que esa tarde el gringo no viniese. ¡Señor!: murmuraba. Que no venga, que no venga.

De repente apareció en la puerta su figura esbelta y fornida. Saludó a sus compañeros, los miró fríamente y, tranquilo, sereno, atravesó por entre todos y fue a sentarse a su mesa de costumbre.

Clavó su mirada honda en los ojos de la Carmelita y en seguida pidió su copa de cerveza…

Se hizo un silencio aplastante y frío. Los vasos dejaron de chocar. Los ojos se fijaron curiosos en Antonio, luego en Carmelita que, asustada y temerosa, llevaba hacia la mesa del gringo la copa que le había pedido.

De súbito, Antonio se levantó airoso, provocativo, dio una fuerte manotada al vaso y lo hizo rodar por la mesa…

Fue un momento de expectación…

– Toma, gringo huacho… sinvergüenza… perro… atrévete conmigo.

El gringo, como una fiera herida, dio un salto y clavó sus ojos de tigre acorralado en los de Antonio. Éste se le fue encima; el gringo retrocedió, trémulo, vibrante, crispó sus manos, lanzó un rugido de odio y de un feroz puñetazo hizo caer a Antonio por los suelos. Éste, se levantó rápido chorreando sangre y de un salto cayó sobre los hombros del gringo. Los peones retrocedieron espantados; hicieron un círculo y sus ojos hambrientos de tragedia se clavaron ansiosos en esas dos fieras humanas que aullaban, se mordían, se revolcaban por los suelos, sedientos de sangre y de odio.

Era un espectáculo bárbaro.

– ¡Cómete al gringo! ¡Cómetelo! Rugían los peones.

Mientras tanto, Carmelita miraba al techo angustiada como pidiendo socorro. ¡Ella era la única que rogaba por le pobre gringo!

La lucha era terrible, macabra, emocionante. A los pocos momentos se vio la superioridad del gringo. ¡Era más hombre y más robusto!

Los peones seguían aleonando a Antonio.

– ¡Cómete al gringo! ¡Cómetelo!

Hubo un momento de espanto. Antonio estaba vencido. Pero de repente se vio que éste sacaba de su cintura una hoja brillante y luminosa. Era el corvo, el trágico corvo. El compañero inseparable, el que transforma a nuestro roto en héroe o en bandido. Y esta vez, Antonio se transformó en un bandido. De un golpe traicionero hundió el puñal en el vientre del gringo. Éste lanzó un grito de angustia. Un rugido, mitad blasfemia, mitad oración y cayó de espaldas.

¡Muerto! ¡muerto! Antonio se levantó tambaleando como un cobarde. Limpió la hoja del puñal y se perdió para siempre.

Los demás peones se quedaron espantados mirando el cadáver del gringo cubierto de sangre. Allí estaba él con los ojos muy abiertos, mirando como siempre muy hondo, muy triste, a la Carmelita que detrás del mesón lloraba desesperada, como una loca, la muerte del gringo, de ese pobre gringo que la había sabido querer y que ella también quería. Sí, lo quería mucho, con miedo, con pena, con angustia…

¡Pobre gringo! Allí estaba él, muerto, mirándola con esos ojos tan claros, tan buenos…

Y nadie sabía cómo se llamaba, ni de dónde venía ni para dónde iba. ¡Allí quedó él para siempre jamás!

Y los labios de la Carmelita murmuraban como en una oración: ¡Pobre gringo!... ¡Pobre gringo!



La Nación, 31 de julio de 1921

miércoles, 10 de septiembre de 2008

EL PUEBLO MUERTO / PEDRO PRADO

EL PUEBLO MUERTO


Juan Otamendi, al salir aquella mañana del hotel principal del pueblo, una fonda miserable, tuvo una sonrisa dolorosa de asombro y de desprecio. ¡Dónde diablos había venido a meterse! Se encontraba próximo a la frontera norte de Chile Viejo. Ese era Chañaral, el famoso puerto de Chañaral de las Ánimas.
El día era obscuro, el aire tibio, muerto y pegajoso; el mar, oprimido, tendía sus aguas espesas en un marasmo obsesionante. Ni un mísero oleaje turbaba la opaca superficie de las aguas, aguas de un gris dos veces más impenetrable que el del cielo, un cielo bajo, ahogado por una inmensa nube compacta.

Hacia el mar no se abrían horizontes. El cielo, sin un vuelo de gaviotas, y la solitaria bahía, sin un barco, ni una chalupa de pescador, se fundían y continuaban el uno el otro, cerrando el paso a las evocaciones que siempre despiertan las lejanías marinas.

Otamendi, que traía los nervios gastados por aquellos incidentes que más vale dar al olvido, comenzó a sentir una opresión angustiosa. Al acercarse a las negras rocas de la playa, que parecían concentración cristalizada de la inmovilidad ambiente, sintió un ligero ruido. Era una pequeña ola que de tiempo en tiempo lamía el orgullo de la roca indiferente, como si fuese un perro que insiste en humillarse ante su amo.

Y, sin embargo, no había transcurrido un año desde el terremoto de Vallenar. Once meses antes, ese mismo mar ahora humilde, una noche imprevista comenzó a subir, a subir suavemente. Las aguas parecían avanzar llenas de indecisión y de curiosidad. Por todas las callejuelas del barrio bajo, el barrio más importante y populoso de Chañaral, ascendieron sin ruido. Sólo al alcanzar la calle del Comercio, las aguas corrieron con rapidez hasta fundirse en un murmullo de risas sofocadas.

Los vecinos, sorprendidos, no atinaron con la realidad; mas cuando vieron que los muros de sus casas y de todo el extenso barrio estaban rodeados por las aguas del mar, aguas que subían y subían tranquilas, comenzaron a dar voces de alerta, de imprecación, de terror y de misericordia. Otros, paralogizados, atrancaron puertas y ventanas; pero los más diéronse a huir hacia el barrio alto y los cerros circundantes.

Luego el mar comenzó a bajar tan lentamente como había subido. Todas las aguas salobres volvieron a su cauce de siglos. Apenas si algunas, demasiado audaces, quedaron prisioneras en los patios bajos y en las piezas de piso hundido de las casas humildes.

Volvió poco a poco la confianza a los habitantes, y todos, entre comentarios de asombro, de regocijo e inquietud, regresaron con pasos indecisos hacia sus casas.

Y una hora después, sólo los escasos trasnochadores del barrio alto, mineros y bebedores contumaces, a la indecisa luz de las estrellas, vieron nacer una montaña en el mar, una montaña que avanzaba sin ruido antecedida del inmenso soplo de viento por ella desplazado. La vieron, atónitos, encenderse como un relámpago monstruoso con las infinitas fosforescencias marinas, avanzar veloz y luego abatir su inmensa mole luminosa como un trueno apocalíptico contra la blanda playa y el obscuro y silencioso caserío. Tembló la tierra con su caída y los débiles gritos que un instante pretendieron elevarse, quedaron ahogados para siempre.

Cuando volvieron las aguas a su cauce, medio Chañaral y sus habitantes habían desaparecido. Todo el barrio bajo vecino a las playas era un húmedo y extenso terreno baldío.

Sobre el mar obscuro y agitado, viéronse flotar negras manchas informes, más grandes las de los maderos que las de los náufragos. El mar retuvo para sí solo escaso botín. Todo el día y todo el mes siguiente estuvo, desdeñosos, arrojando a las playas, próximas y lejanas, despojos de las casas y de los hombres.

“¡Ah, si usted hubiese conocido Chañaral en sus buenos tiempos!”, era la frase que oía Otamendi a cada paso. La escuchaba con lástima y desvío.

¿Era posible que aquel lugarejo hubiese valido alguna vez? Cierto que se veían antiguas fundiciones con sus chimeneas de ladrillos dislocadas o derruidas, con extensos galpones de hierro corroído por la herrumbre, con colinas de minerales verdiazules y de negras escorias abandonadas; pero para un hombre habituado a un sentido más amable del paisaje, ¿cómo podría haber valido jamás ese conjunto de cerros quebrados de una esterilidad absoluta, cerros de arenisca roja y amarillenta que taladraban peñas ciclópeas?

Era un paisaje de la época glacial, desnudo aún de hielos, reducido a la osamenta de sus rocas mondadas de todo humus y de toda tierra acogedora. Era una playa como de otro planeta, con un mar más denso y solitario, y con un caserío rojo y ocre como una áspera excrecencia de líquenes. Sí, el mismo aire viscoso que acababa por calar en laminillas al hierro de los techos, hacía también crecer sobre las casas de madera absurdas barbas de líquenes polvorientos.

En las inmediaciones del pueblo desembocaba en el mar el cauce, no el agua, del río Salado. El agua para la bebida venía por cañerías desde la cordillera de los Andes, desde doscientos y tantos kilómetros de distancia.

Antes no había en todo Chañaral ni un árbol, ni un mísero jardín, ni una pulgada de tierra grasa. Los vecinos, nostálgicos, en la imposibilidad de tener cada cual un jardinillo, congregaron sus deseos y afanes en la plaza del pueblo. Y cada familia cuida desde entonces un retazo de tierra, un cuadro nunca mayor que un mantel, y a veces tan pequeñito como un pañuelo de lágrimas.

Allí fue a sentarse Otamendi, a consumir el día muerto. Allí a sentir el milagro del pueblo, el surtidor de la fuente: agua en el desierto, agua en vuelo y canto. Nunca agua alguna ha tenido una voz más llena de evocaciones. Todos, hasta los cerros estériles, quedábanse como en mayor quietud para escucharla.

Era el mes de noviembre, los malvaviscos estaban en flor; bajo ellos, en un banco reposaba el forastero embebido en contemplación y recuerdos.

En tres de los costados, la plaza tenía muros de mampostería con escalinatas estucadas, para contener la tierra fértil. El jardín formaba una terraza dominando el caserío construido sobre laderas.

Desde ella, Otamendi veía el ir y venir de las gentes; un ir pausado y un venir escaso.

Poco a poco el forastero fue cayendo en ensimismamiento, y diose a pensar en su vida y en el objeto de su viaje.

Tan abstraído estaba que no oyó cantar a unos pajarillos desconocidos, que luego de bajar a la fuente y de saltar entre los arbustos, emprendieron un vuelo veloz quién sabe a dónde. No les oyó y les hubiera sido grato a sus nervios cansados de escuchar voces.

II

Juan Otamendi, ingeniero de minas, falto de empuje, de ambición y de optimismo, había llevado la vida de un profesional que se siente vegetar entre las vidrieras de su oficina, como una planta oprimida en un conservatorio de atmósfera pesada. Un mes, y el sueldo; otro mes, y otro sueldo; el tiempo no adquiría relieve suficiente para tener clara conciencia del paso de los años. Había envejecido en plena juventud. El cuerpo era recio de apariencia, pero su cansancio mental, en exceso prematuro, habíale ido dando una irritabilidad endemoniada.

Sólo dos grandes accidentes contaba su vida: su matrimonio y su expulsión de la oficina después de una disputa absurda con sus superiores.

Creyó despertar al encontrarse ante su mujer y sus hijos. Pero fue sólo un segundo; luego siguió en ese su estado como de sonámbulo.

Nada le irritaba tanto como las lágrimas y el silencio de su mujer; nada como las carreras para ocultarse y la quietud de sus hijos.

Sin ocupación, vagando de oficina en oficina, en busca de un empleo que no deseaba obtener, tuvo la suerte de que un amigo, antiguo condiscípulo, le encargase un informe sobre unas minas de cobre, en el interior de Chañaral, ofrecidas en venta a la sociedad de la cual él era gerente. Otamendi, en un instante de clarividencia, aceptó. Sí, un viaje por mar, un poco de la soledad verdadera del desierto, un mes de vida ruda y distinta de la que él llevara, tierras y hombres desconocidos, y luego, tal vez, algunos miles de pesos, no vendrían mal.

Llegado a Chañaral, el día anterior, en uno de los vapores de la carrera caletera, fue a informarse inmediatamente a la estación del ferrocarril sobre la salida del tren interior.

No estaba el jefe, no estaba el ayudante, no había nadie. Anduvo vagando por las entrevías solitarias hasta que vio venir, acompañado de una muchacha, a un joven de gorra. El joven resultó ser el telegrafista de la estación.

– ¿Tren a Los Pozos, dice usted? –y le alargó un cuadernillo de tapa roja, sucia y sobada, que sacó de un bolsillo interior. –Tren número 14, de Chañaral a Los Pozos; facultativo el primer viernes de cada mes.

– ¿Facultativo? ¿Qué quiere decir?

– Claro está; porque a veces hay carga que transportar y a veces no.

– ¡Cómo puede ser! ¿No existe en el trayecto un pueblo grande: la ciudad de Las Ánimas?

– ¿Ciudad? Sí; hace años era un gran pueblo minero. Ahora en él no hay nadie.

–…

–Nadie; sólo el jefe de estación.

– ¿Y por qué?

–Porque las minas están en broceo y no conviene explotarlas.

– ¿Y la gente del pueblo?

–Vivía sólo de las minas. Allí no hay agua ni tierra, puede decirse. ¿De qué iban a seguir viviendo?

– De modo, dice usted, que yo tendría que esperar hasta el primer viernes del próximo mes –dijo Otamendi.

–Salvo el caso de que usted pida un tren especial, o arriende el automóvil de la línea que anda ahora en Nanón, Pueblo Hundido, con el ingeniero de la vía.

– ¿Y sería posible…?

– ¿Quiere que el dé un consejo, señor? Busque usted un mozo y unas tres mulas; es lo más práctico y lo más barato. ¿Usted aloja en el hotel? Bien, yo me encargaré de mandarle un hombrecillo que el sirva de guía.

La muchacha no despegaba los ojos del forastero. Era una joven deslavada y descolorida. Otamendi acabó por sentir esa mirada insistente, como el vuelo de un insecto desagradable que ronda en torno.

Vuelto al hotel, ya anochecido, el ingeniero estaba sentándose a la mesa cuando recibió aviso de que alguien lo necesitaba.

Era un hombre cenceño, de edad indefinida; según se supo después, un chango puro, un descendiente de los antiguos indígenas de la región.

Estuvieron conviniendo el viaje. Partirían al alba del día subsiguiente, porque el mozo debía ir primero en busca de una mula que tenía en una mina distante.

Llegaron las mulas, no al alba, sino a prima tarde. Otamendi estuvo dudoso entre sí partir inmediatamente o dejar el viaje para el otro día.

Como el mozo aseguraba que no era difícil llegar a Las Ánimas antes de ponerse el sol. Otamendi se decidió.

El camino abandonaba a Chañaral bruscamente. Los pueblos o caseríos que bordean o se internan en el desierto no tienen suburbios formados por heredades cada vez más amplias, con habitaciones más y más dispersas, que hacen menos sensible el paso del poblado a la campiña solitaria.

En ellos, por el contrario, las casas se agrupan todo cuanto es posible, y el tránsito entre la última vivienda y el desierto que sigue es tan violento como un salto dado hacia un abismo.

El paso menudo de las cabalgaduras movía rítmicamente a los viajeros. Una mula tordilla, alta y firme, la destinada a llevar las provisiones y maletas, mecía todo el equipaje con una violencia loca.

Iban por el valle del río Salado. Un río ausente, en un valle estéril. Blanqueaban el abra de cerros calvos, soplados y rugosos que hacían sensible su vejez de siglos. De una rojez cenicienta, ceñidos por pliegues numerosos, sus lomos y grupas redondeados eran los de un rebaño de gigantescos elefantes hundidos en un sueño milenario.

Los esbeltos postes del telégrafo y los más gruesos y dobles que traían la fuerza eléctrica desde la lejana cordillera hasta el puerto de Barquito, más allá de Chañaral, fingían con sus elevados travesaños un triple e interminable rosario de cruces enormes como si esos yermos amarillentos fuesen el valle de la muerte.

Otamendi alzó la vista para inspeccionar el cielo; al frente de ellos un cerro descolorido, de cresta áspera, se veía cruzado por fajas vagas y obscuras como sombras arrojadas sobre él por largas y finas nubes.

Pero el cielo, de un cobalto violento, era de una pureza desconcertante.

– ¿Qué cerro es aquel? –preguntó Otamendi.

– ¿Cuál?

– Ese lleno de manchas.

– Es el Vetado.

– ¡Qué extraño!

El arriero levantó los ojos para observarlas e hizo un gesto de indiferencia.

– El pueblo de Las Ánimas, ¿desde cuándo está abandonado?

– Desde la guerra, señor.

– ¿Cuál guerra?

– De la guerra grande que hubo en las Europas. A Carrizal Bajo le pasó lo mismo.

– ¿También Carrizal Bajo?

– Hay tantos otros pueblos abandonados.

– ¿Todos desde la guerra?

No. En Cobija, el antiguo puerto de los bolivianos, con sus calles todavía empedradas, no hay un alma desde hace tal vez treinta años. En Chañarcillo, que tuvo, según dicen, más de veinte mil almas, ahora habrá un ciento. ¡Y para qué seguir nombrando! Una mina buena atrae gente, llueven los pedimentos en la vecindad, se forma un caserío que crece, y vive diez, veinte, cincuenta años; luego decaen las minas y la gente abandona sus casas y se va.

– ¿Serán pueblos insignificantes?

– No tanto, señor. Quedan en ellos a veces grandes iglesias, sus buenas casas de dos pisos y tantas otras obras que costaron tiempo y dinero.

– Abandonarlo todo –murmuraba Otamendi.

– Pero nunca se pierde la esperanza de que las minas inundadas puedan desaguarse, o venga alguna bolsonada de metal puro, algún alcance grande que traiga movimiento otra vez al pueblo.

– ¡Qué vida la del minero!

– Así es, señor, y no es tan mala.

Dejaron el valle del Salado, el valle de los rosarios de grande cruces, para torcer hacia otro más angosto que venía del sur y luego enderezaba al oriente, encajonándose y culebreando cada vez más.

Otamendi volvió a ver otros cerros con sombras de nubes inexistentes, no ya en forma de vetas vagas y angostas, sino en grandes manchas de bordes indecisos que, generalmente, ocupaban las cumbres.

Era una similitud de tonos tan exactos con el de las sombras, que sintió el malestar del absurdo al observar, una vez más, el límpido e imperturbable cielo de la tarde.

Las huellas de las torrenteras, las faldas con mil regatos y grietas profundas, y abajo, en el llano, un ondulado ribete de arena que bordeaba el cauce enjuto de otro río inexistente, todas esas muestras de un agua que parecía haber corrido el día anterior, le turbaban como un misterio.

– ¿Es posible que aquí no haya llovido? Mire estas arenas. Se ve fresco el paso del agua.

– No ha llovido nunca, señor. Nadie recuerda haber visto caer un aguacero. Sólo “camanchacas”.

La “camanchaca”, pensaba Otamendi, esa niebla gruesa, ese polvo de agua que se mece irresoluto en el aire para desaparecer en el alba, dejando sólo el recuerdo de su frescura con un rocío tan abundante como efímero.

Divisaron el pueblo de Las Ánimas, como el mozo había asegurado, antes de entrarse el sol.

Parte del caserío veíase entre las profundas sombras violetas de una quebrada; el resto lo iluminaba con violencia el sol poniente. Los cerros minerales, rojos, azules, verdes, amarillentos, esplendían con un fulgor de tierras calcinadas. Las casas, de una blancura ardiente, veíanse risueñas. En lo alto de las laderas, en pliegues profundos que las sombras iban rebasando, destacábanse grandes construcciones con elevadas chimeneas y montañas de escorias espejeantes.

Al acercarse al barrio aún soleado, de las calles y de los sitios eriazos, de las casas en ruinas, de todas partes, salía también un resplandor que lo cegaba. Y Otamendi fue comprobando con sorpresa que sólo eran restos de botellas quebradas: miles y miles de botellas rotas en piezas menudas que devolvían los rayos del sol.

Aquella risueña visión del pueblo a la distancia, iba convirtiéndose en desasosiego creciente. Una casa vacía que recorremos, nos perturba. Un día de fiesta, cuando las gentes abandonan la ciudad y nosotros pasamos por sus calles desiertas, nos sobrecoge. Mil detalles, antes inadvertidos, se nos ofrecen punzantes. ¡Qué impresión no causará al atardecer un pueblo desierto y él, a su vez, rodeado por el desierto; un pueblo con las puertas en el eterno bostezo; con los rotos cristales de las ventanas incendiados por el sol, fingiendo destellos de lámparas interiores; con los muros erguidos o en ruinas; con los techos flamantes o despedazados, y con un silencio que crece y crece cubriéndolo todo, como si fuera la única hierba de la más intensa y definitiva de las ruinas!

Rara era la casa que no ostentase su asta de bandera, y en una de ellas todavía colgaba, inerte y pequeñito, un jirón descolorido, como si allí morase en persona la soledad reinante.

“Restaurante Los Amigos”, “Almacén Para Todos Sale el Sol”, “Venta de Tabacos N° 63”, “Escuela Pública de Niñas”, y un escudo nacional, y más abajo: “Chile”.

Otamendi esperaba divisar siquiera un perro, el perro del pueblo; un pimiento raquítico y melancólico, medio erguido a la vera del tabladillo para la música. No había indicios de que allí hubiese existido jamás un jardín.

Cruzaron la plaza en derechura para abreviar camino. A un extremo de ella se elevaba una larga pértiga: el famoso palo ensebado, entretenimiento, en otro tiempo, de los mineros en las bulliciosas fiestas populares.

Andando, andando, al paso cansino de las mulas, sumidos en el enorme silencio ambiente, dieron los viajeros con los edificios del ferrocarril.

El jefe de estación, el único habitante del pueblo, no estaba en su casa. No había allí más ser vivo que un jilguero en una jaula de caña, ni más verdura que unas cuantas matas de lechuga, creciendo en unos cajones de tablas, rellenos con húmeda tierra vegetal.

La puerta de la casa estaba abierta. Otamendi y el mozo se desmontaron. Veíase en el rincón obscuro de un enorme departamento un catre de hierro, cubierto de ropas en desorden, dos o tres sillas desvencijadas y algunos cajones a guisa de muebles.

Al interior del patio, bajo un cobertizo de lata, ardía un fuego mortecino. De un gancho de hierro colgaba una olla negra con un vago hálito de vapor.

Nunca un fuego en el más crudo invierno austral había atraído a Otamendi con mayor fuerza que esa pequeña hoguera moribunda, brillando apenas en la cálida tarde del desierto. Acercándose más y más, escuchó el ronroneo de la olla. Como un pulso enfermo que se ausculta, y aún responde, le fue grato percibirlo.

Afuera, el jilguero dio un breve silbo. Otamendi se quedó anhelante escuchándolo y un gorjeo siguió, un gorjeo agudísimo, largo y desesperado.

El ingeniero, oprimido el ánimo como por una pesadilla, salió de la casa y estuvo paseando por los amplios andenes. Los rieles, ocres por el orín, se extendían a pérdida de vista. Un carro de ferrocarril cargado con restos de vidrios ligeramente violetas atrajo su atención.

¿Qué bulto era aquel que parecía venir por las lejanas entrevías? ¿Un hombre? ¡Sí, parecía un hombre!

Estuvo contemplándole como si el aparecido clamara; le sentía venir en la soledad, como si la fuese llenando. Latió más aprisa su corazón y sus ojos quedaron absortos en aquella sombra que avanzaba.

Era un hombre con un saco lleno a la espalda. Su viejo sombrero pendía de una de sus manos. Al acercarse, vio que su cabellera era cenicienta, y su barba y bigotes, rasurados.

¿Era posible que el recién venido no advirtiese su presencia?, pensó Otamendi.

Aquel hombre cruzó muy cerca de él, y, sin embargo, seguía indiferente su camino: fue hasta el carro de carga y vació allí su saco lleno de rotos cristales violetas.

Sacudiéndose las manos, ahora con el sombrero puesto, el desconocido deshizo su camino y se acercó al ingeniero.

– ¿Usted es el jefe de estación? –preguntó Otamendi.

– Sí.

– ¿Podría darme alojamiento en su casa por esta noche?

– En mi casa o donde usted quiera; todo el pueblo está a su disposición.

III


Los tres hombres: el solitario, Otamendi y el mozo, comieron juntos. Las conservas que traía el ingeniero les dieron una gran sed; los fréjoles que cocinaba el solitario estaban duros e insípidos por la falta de manteca; Otamendi no pudo menos de rechazarlos.

Sí, están malitos –dijo el jefe de estación–, ¿qué quiere usted? Tendrán ya sus tres o cuatro años. Compré hace tiempo unos sacos y hay que concluir con ellos. ¿No le parece?

Bebieron unas copas de vino, luego café puro, que resulto delicioso.

El mozo fue a dar una vuelta para observar las mulas; los otros dos hombres salieron al andén.

Estuvieron paseando y paseando largas horas en esa noche cuajada de estrellas. Parecían esperar un tren en retraso, un tren que no llegaba nunca. Una estrella baja, de color rojo, fingía ser la luz de un lejano guardavías.

Por momentos conversaban; luego se detenían para comprender mejor; entonces la marcha continuaba un poco más lenta, como si cada vez recibiesen una nueva carga sobre sus hombros.

– ¡Veinte años!

– Sí.

– Y siete solo…

– Siete.

– ¿Y no tiene algún pariente?

– Debo tener.

– ¿No está usted seguro, o no le importa saberlo?

El solitario se limitó a sonreír entre las sombras.

– ¿Decía usted que su mujer y sus hijos están aquí?

– En el cementerio. ¿No lo vio al pasar? ¿No? Está en lo alto de la loma que hay a la entrada del pueblo; se ve la verja blanca y sobre ella asoman las cruces más altas.

– ¿Y su mujer pudo gustar de esta soledad?

– En aquel tiempo, había aquí miles de personas, ocho o nueve mil. Fue la época del auge de Las Ánimas. Mi mujer vivía en La Compañía, un lugarejo cercano de La Serena. Esto resulta ser cien veces mejor que su pueblo.

– Pero allí hay agua, árboles y flores, eso es hermoso…

– Sí, es verdad; pero estábamos recién casados y ella no notó la falta. Después vinieron los hijos y la notó menos.

“Dos años vivimos juntos. Mi hijo menor murió el primero. Murió por efectos del agua mala. Nunca en Las Ánimas ha habido servicio de agua potable; hoy como ayer, traen el agua en carros de ferrocarril, carros de hierro, que nosotros llamamos aljibes. ¿Ve usted aquel? Lo trajeron hace quince días, y deberá durar otros quince. El agua se corrompe y toma un olor pegajoso a charco de ranas.

“El pueblo comenzaba a decaer cuando mi hijita nos dejó a su vez; fue en 1910, el año del Centenario. En los mismos días de las grandes fiestas la enterramos. Hubiese querido pasar por otra parte; pero nos vimos obligados a cruzar con el ataúd por mitad de la plaza, llnea a esa hora de gente. La banda de músicos del pueblo, ¡qué banda! –cuatro pelagatos–, tocaba un aire chillón que no he podido olvidar.

“Cada vez los trenes traían menos pasajeros y se llevaban más habitantes del pueblo. Las Ánimas comenzó a despoblarse.

“Mi mujer estuvo enferma varios meses. Bajé con ella a Chañaral, en busca de un médico. Quise dejarla en el puerto, pero al día siguiente de volver yo a Las Ánimas, llegó ella desolada y dispuesta a no separarse más de mi lado. Y así fue; desde entonces no probó casi cosa alguna; se consumía a ojos vista. Una noche, mientras me estaba mirando, de pronto no dijo más, y concluyó todo.

“Era yo, entonces, ayudante del jefe de estación; pero como al jefe lo trasladaron al sur, quedé haciendo sus veces.

“En pocos años Las Ánimas quedó vacío. Los fui embarcando uno por uno a todos. La última familia fue la del cuidador de la mina La Fortuna. Aquella que está en los cerros del frente. Sí, al frente; ahora está muy obscuro y no se ve nada.

“Los últimos seres vivos que vi por las calles fueron perros que aquí dejaron abandonados. ¡Cómo se disputaban los desperdicios! Hubo peleas sangrientas. Terminaron por formar dos grupos enemigos, que luchaban a muerte. Vino, por ese entonces, un arriero desde la mina de Buena Esperanza; los perros –vea a usted que olfato– salieron a encontrarlo antes de entrar al pueblo y atacaron las mulas, devorando a una de ellas. El arriero pasó un susto…

“En una ocasión tuve que ahuyentar los perros a tiros. Flacos hasta lo imposible, con las pieles erizadas, los ojos llameantes, me seguían y seguían a distancia, con una tenacidad tan humilde como hipócrita.

“Un buen día se dejaron de oír para siempre sus aullidos. Cuentan que unos perros bajaron a Chañaral y otros se internaron hacia Los Pozos y El Salado”.

– ¿Y ninguno de los pobladores regresó?

Muchos han vuelto para llevar lo que han podido de sus casas abandonadas. Vería usted que no hay pocas sin techo. Éstas estaban cubiertas con calamina, y la calamina vale, soporta el costo del flete y deja un buen saldo a favor. No así algunos muebles y maderas y tantas cosas que embarazan y de cuya inutilidad viene a darse uno cuenta sólo cuando está arruinado. Cientos de ellas las dejaron aquí para siempre.

“Don Hermenegildo Marón, dueño del restaurante más importante, comenzó a comprar por una miseria todo lo que le ofrecían. Hace diez años que se fue don Hermenegildo, dejando su casa llena de cachivaches. Me encargó su custodia. Él volvería pronto: uno o dos meses, no más. Pero no volvió nunca. Cinco años después tuve noticias de su muerte, ocurrida en Taltal. Quise visitar la casa, pero la llave que me dejara parece que no era la del candado. Rondando en torno, vine a ver que el tal candado era inútil: desde hacía tiempo, por una de las ventanas de la casa, que estaba rota, habían ido sacando qué sé yo cuantos objetos”.

– ¿Y quién podía llevárselos?

– Mineros que pasan o vienen aquí expresamente. En el sur se va al bosque por leña; en el desierto se viene a buscarla a los pueblos abandonados. Y Las Ánimas han sido y son un bosque inagotable.

– ¿No le faltará a usted un buen fuego?

– Sí, señor; no me falta, a Dios gracias. Antes escogía las puertas y maderas de las casas de gentes desconocidas; pero como ya se han terminado, ahora escojo entre las de los antiguos amigos y conocidos. Me voy dando cuanta de quiénes lo eran más, al ver las casas que voy respetando…

– ¿Me dijo usted su nombre?

– Mi nombre es tan ridículo. Vea usted. Me llamo Pascual Cerezo. Un cerezo que vive en el desierto. Aquí en Las Ánimas hay sólo dos árboles, decía el administrador de Manto Verde: el pimiento de plaza y el cerezo de la estación.

– ¿El administrador de Manto Verde? ¿Usted conoce esas minas?

– ¿Va usted para allá?

– Sí, mañana debo seguir viaje.

– ¡Ah, esas minas son toda la esperanza de esta región! Sin embargo, yo tengo un derrotero muy superior.

– ¿Hacia qué parte cae Manto Verde?

– ¿Ve usted esa estrella grande? El Espejo, como yo la llamo. Las minas están precisamente en esa dirección, tal vez a unos cuarenta kilómetros de aquí.

– Esa estrella es Venus.

– ¿Venus? Yo le digo el Espejo; y aquella es la Rosa, y esa otra es Teresa, y allí está Romerillo.

El ingeniero notó, con sorpresa, que el jefe de estación señalaba a Marte, Mercurio, Júpiter.

– ¿Por qué indica de preferencia esas estrellas?

– Porque ésas andan. Las otras no.

– Veo que usted es aficionado a la astronomía.

– Yo no sé nada; pero mirando, mirando, me he dado cuenta de algunas cosas.

– ¿Teresa se llamaba su mujer?

– No, María.

– ¿Por qué dio ese nombre a Mercurio?

– Me gusta el nombre Teresa.

– ¿Tal vez le trae algún recuerdo?

– ¿Un recuerdo? Creo que no.

Siguieron caminando lentamente, en largo silencio, como si el solitario jefe de estación buscase el origen de ese recuerdo olvidado.

– ¿Son muy escasos los viajeros que pasan por estas soledades?

– No tanto.

– ¿De manera que usted tiene sus visitas?

– Sí, pasan seguido; cada mes, cada dos meses, a veces más a menudo, suele pasar alguien por aquí.

– ¿Es usted aficionado a la lectura?

– El jefe de estación de Chañaral me envía de tarde en tarde los diarios viejos que no le sirven. Es cuanto leo. Usted mismo me trajo varios periódicos.

– Me alegro… Y dígame, amigo Cerezo, gente extraña y maleante, ¿no suele visitarlo?

– ¿Qué quiere decir?

– Hombres raros, tipos peligrosos.

– Raros son todos los mineros y todos los hombres que cruzan el desierto; raros para los que no están acostumbrados a tratarlos. También suelen pasar algunos peligrosos. Peligrosos para otros, no para mí. Antes solían aparecer viajeros extraviados, algunos medio moribundos, enloquecidos por la sed. Al divisar el pueblo desde la altura, se despeñaban, ciegos, poseídos por una alegría terrible. Después, al comprender dónde habían caído, furiosos clamaban y maldecían, amenazantes. Tuve a un pobre hombre varios días alojado en mi casa. Traía desolladas y en carne viva las yemas de los dedos, de tanto escarbar en el cauce seco, en busca de un agua que nunca encontró. Cuando se fue aún estaba trastornado; a cada instante y sin motivo repetía siempre lo mismo: “Despacio, despacio, no se apresure”. Ignoro lo que quería decir. “Despacio…, despacio”.

“Agregue usted que en ciertas mañanas se ven espejismos aún aquí, en pleno pueblo. Más de una vez he contemplado. Las Ánimas rodeadas de un lago, que reflejaba todas las casas”.

– Me gustaría ver lo que usted dice –aseguró Otamendi.

– Es posible que mañana mismo se cumplan sus deseos. Antes de llegar a Los Pozos hay una hoyada enorme, que hace pensar en un lago desecado. Si usted pasa por ahí a mediodía, la verá llena de agua, de un agua transparente, que tiembla. Es un espectáculo que no se olvida.

– Qué tragedia para un sediento –dijo Otamendi.

– Y peor es la del río. Si usted va al interior de Pueblo Hundido, verá, señor, un valle por donde corre un río, que se abre paso entre nieve; nieve… al menos así parece. Al ver aquella agua viniendo bajo el sol quemante de estas regiones, el que la divisa llega a gritar de alegría. Pero cuando el sediento alcanza la orilla, ve que aquello no es nieve, es sal, señor; sal que destella como vidrio en polvo. El agua del río es un agua amarga, pesada y venenosa. Peor que la del espejismo para los sedientos es la tragedia del río de la sal. ¡Cuántos ríos semejantes no hay en este desierto!

– Pero usted, ¿cómo puede vivir en esta región maldita? Vivir solo y en un pueblo abandonado.

– Todo ha ocurrido tan gradual, tan lentamente. ¿No conoce usted la historia del caballo a quien su amo quería enseñarle a no comer, y fue, poco a poco, mermándole la ración hasta que no comió nada?

– Pero la misma historia dice que el caballo aquel, cuando ya había aprendido, se murió.

– Tiene usted razón –dijo sonriendo el solitario. –Así y todo, yo he aprendido a ir quedando solo; y vea usted, vivo tranquilo.

– ¿Cree que la suya es vida?

– ¿Y qué cosa es?

– ¿Cómo puede pasar días y días sin hacer nada, sin hablar, sin oír a nadie y sin ver a bicho viviente?

– Sí, es difícil no hacer nada, pero yo hago muchas cosas.

– ¿Qué?

– No sabría decirle.

– ¿Lo ve usted?

– Es difícil explicarlo. Usted viene de una gran ciudad, tendrá usted mujer, hijos, amigos, sirvientes…

– ¿Y bien?

– Que yo no tengo nada, que yo debo ser para mí todo esto.

– No entiendo.

– Ya le decía que era difícil comprenderlo. Verá usted. Yo soy mi amigo, mi empleado y mi sirviente. Mi mujer está aquí dentro y mis hijos también, y mis amigos y conocidos; yo soy, si usted quiere, todo un pueblo; todo el pueblo de Las Ánimas.

– Eso está bien para decirlo. Pero, en su caso, me iría lejos.

– ¿Dónde?

– A cualquier parte donde hubiese gente, árboles, agua.

– ¿Es la primera vez, señor, que viene por estos mundos?

– La primera.

– Bien se conoce. Usted se perturba al verme aquí solo. Si yo me hubiese ido, otra persona habría al cuidado de la estación. Y para usted el caso habría sido el mismo: el encuentro con un solitario en un pueblo abandonado. ¡Alguien debe vivir aquí! ¿Y por qué no podría ser yo ese alguien? ¿Por qué vi el auge y la muerte del pueblo, porque en el cementerio tengo a mi mujer y mis hijos? Pues, por eso mismo, me resulta menos duro que a cualquier otro. Esto, para mí, tiene un sentido. ¿Y a dónde iría? ¿A servir en otra estación solitaria, en toro lugarejo del desierto? No, no; aquí, al menos, hay leña y recuerdos.

– ¡Lo que usted dice!

–¿Le parece mal?

–Nunca vi un pesimismo igual.

– ¿Pesimismo?

–Creer que no hay nada mejor que esto.

–No he dicho eso. Todo será mejor, pero no me atrae. No es pesimismo.

–Pero, ¿no tiene usted otros deseos, ideales, inquietud religiosa?

– ¡Qué ideas religiosas puedo tener!

– Pero, ¿qué piensa de la otra vida?

– ¿Otra vida?

– Sí, de la que sigue más allá de la muerte.

– Ah, he pensado mucho, señor, mucho; vea usted. Ahora comprendo lo que usted quiere decirme.

– Bueno; ¿y cómo son esos pensamientos?

– ¿Cuáles?

– Los suyos, sobre el más allá.

– Es tan difícil… Eso no se puede pensar.

– ¿Pero usted presiente algo?

– No sabría decirlo.

– ¿Tiene alguna seguridad o alguna sospecha?

– ¿Qué seguridad o sospecha puede tenerse?

– ¿Y sin ella es capaz de vivir usted como vive?

– ¿Por qué no?

IV

A la madrugada siguiente, mientras el mozo aparejaba las mulas, después de servirse un café hirviente, Otamendi y el solitario van caminando de a pie, cerro arriba.

– Está más alto de lo que usted aseguraba –decía el ingeniero.

– Si gusta y está cansado, volvemos.

– No; ¿pero falta mucho?

– Ya se divisa.

– ¿Por qué eligieron ese sitio?

– Quién sabe.

“En el sur –pensaba Otamendi– es otra cosa. La tierra que se elige para camposanto, y que se quita a la labranza, es una tierra como despreciada”. Cuántos cementerios estériles o invadidos por la maleza no había visto él en su vida. En cambio, allí en el desierto, donde no crece una hierba, el cementerio, con sus cruces, da la apariencia de un bosquecillo de blancos y mondados arbustos. Ya había visto el de Chañaral.

–¿Ve usted como tenía razón? –dijo en voz alta Otamendi, continuando su pensamiento. –Este cementerio es lo más alegre de todo el contorno; más alegre aún que el mismo pueblo. Allí, fuera de usted, no hay nadie; aquí, cuántos habrá…

La reja que servía de cierro estaba intacta. El cementerio no había recibido la visita de los leñadores del desierto.

– Quién sabe si después, pasando los años, cuando el solitario consuma la madera de las casas amigas, no vendrá por leña a este bosquecillo –murmuró en voz baja el ingeniero. –Pero es un cementerio enorme. ¿Hubo aquí muchas epidemias?

– No, señor. Es un cementerio viejo; tan viejo como el pueblo; además, venían aquí a enterrar a todos los que fallecían en la región. Trabajaba mucha gente en estas serranías.

Todos los nombres están borrados –observó el ingeniero.

El sol y el tiempo.

Y cuántas coronas; todas de papel.

Todas. Aquí no hay ramas ni flores. La armazón de ellas era formada con la paja de cambuchos de botellas. ¿Ve usted?

En el mástil mayor de algunas cruces veíase una sarta de dos, tres y más coronas. Las inferiores mostraban la armazón de paja; las últimas con papeles en recorte trenzados y crespos. Parecían grandes nidos abandonados.

Aquí yacen los restos mortales de nuestro inolvidable deudo

PABLO ESPINOZA
(Q. E. P. D.)

Falleció el 28 de agosto de 1895. A la edad de 62 años.
Le dedican este recuerdo su esposa e hija.

LEONOR D. v. de ESPINOZA.

Las Ánimas, septiembre de 1895.

Don Pablo vivía en aquella casa grande, cerca de la plaza; aquella verde. Allá en la calle atravesada. Pero la fosa de que yo le hablo está más lejos; venga usted.

El ingeniero, mientras obedecía, iba leyendo los nombres estampados en las cruces.

En recuerdo de mi hijo
JUAN OTAMENDI

Las Ánimas, mayo 17 de 1895.

Otamendi abrió tamaños ojos. Acababa de leer el nombre de su padre. ¡Qué casualidad tan desagradable! Pero el cadáver de su padre estaba en Santiago y había muerto en 1903.

– Amigo, amigo, oiga. Aquí he encontrado casi mi propia tumba –dijo sonriendo con una mueca, el ingeniero.

– ¿Juan Otamendi se llama usted? –preguntó, después de leer, el solitario.

– Juan es mi segundo nombre. ¿Usted conoció a este finado?

– Debo haberlo conocido; pero no recuerdo bien.

– ¡Qué cosa tan imprevista!, ¿verdad?

– Así es. Pero acérquese y venga por aquí y observe esto que es más extraño aún.

Y Otamendi vio más allá de la última fosa, en un extremo del cementerio, oculto por restos de coronas y ligeras basuras, varios trozos de huesos y una calavera intacta, todos de plata oxidada.

– ¿De plata?

– Sí, señor, de plata. Tal como usted los ve. Cuentan que en Potosí las calaveras salían cubiertas de plata. Este es mi derrotero. Cruza este cerro una enorme veta ahogada, que por no aflorar en parte alguna ha pasado desapercibida de todo el mundo. Las fosas que iban abriéndose no alcanzaron a llegar a la profundidad en que ella se encuentra. Usted es la primera persona a quien confío este secreto.

Pero aquí no hay muestra de veta alguna.

Venga usted y vea el pozo de ordenanza. Tengo mi pedimento minero y mis patentes al día.

¿Cómo descubrió usted este mineral?

– El año pasado, el día del terremoto, vine a ver si la tumba de mi mujer había sufrido algo. Yo estaba sentado aquí mismo, descansando de las ascensión, cuando vi, en una de las muchas grietas que se formaron en este cerro, los huesos recubiertos de plata que usted ahora contempla.

– ¿Y qué piensa hacer con su mina?

– Tengo miedo de decidirme por algo.

– ¿No vendería usted sus derechos?

– ¿Venderlos?

– ¿Admitiría un socio, entonces?

– ¿Un socio?

– Aquí se necesita mucho dinero para hacer una instalación moderna.

– Sí, señor; creo lo mismo; por eso me atreví a traerlo para saber su opinión.

– ¿Usted no ha dicho a nadie una palabra sobre este negocio?

– A nadie.

– ¿Sabe usted qué ley tiene el metal?

– Basta con ver lo ocurrido a los huesos.

– ¿Me dejaría usted tomar algunas muestras?

– Por qué no.

– Bien podríamos hacer algún negocio, amigo Cerezo. Qué lástima no haber traído herramientas.

– Aquí hay. Por aquí deben estar botadas.

Y con la misma barreta que antes sirviera para cavar las fosas, el solitario sacó las muestras de su tesoro.

– Quisiera también, por curiosidad, llevarme uno de los huesos cubiertos de cobre.

– Lleve usted el que quiera; éstos eran de una mujer que tenía cocinería y donde los mineros bajaban a sus fiestas y borracheras.

V

Tres horas lleva de marcha Otamendi, camino de Manto Verde. Va obsesionado por aquella mina fabulosa, por aquel cementerio donde duerme su homónimo, por el pueblo muerto y el extraño hombre solitario que en él vive.

Va subiendo una cuesta donde la mula resopla e hinca las pezuñas con dificultad. Al encimar el portezuelo, Otamendi da un leve grito de sorpresa: ante él, rodeado por rojas serranías, clarea un lago enorme. Es un lago dormido, con una transparencia trémula. Al centro del lago se ve una gran isla rocosa, que se refleja en el agua imaginaria.










miércoles, 9 de abril de 2008

Divinidades inciertas

"Acerca de los dioses, yo nada puedo sber, si existen o si no existen, o cómo son, porque hay muchos obstáculos que se oponen a comprobarlo, su invisibilidad y la vida tan breve del ser humano"


Protágoras

viernes, 22 de febrero de 2008

La escritura

"Escribir no significa convertir lo real en palabras, sino hacer que la palabra sea real"

"Cuando se escribe, se debe tratar, no de artificializar la naturaleza de los asuntos, sino de naturalizar lo artificioso de las palabras"

"A través de la escritura, el incrédulo busca en la imposibilidad del mundo el milagro de lo posible"

Augusto Roa Bastos