lunes, 3 de abril de 2017

jueves, 29 de diciembre de 2016

jueves, 16 de abril de 2015

El Hermano Francisco / Cuento de Manuel Magallanes Moure


(Revista del Pacifico, Año I, Número I, junio de 1935, pp. 10 – 12)



Está en el monasterio, posado en una meseta de la montaña, a gran altura sobre el angosto y profundo valle, a lo largo del cual huye, con serpenteos de luz, el correntoso río.

Tan alta está la vieja fábrica y tan patinados por el sol y las lluvias sus muros de piedra, que mirada desde abajo confúndese con los riscos enrojecidos y los calcinados peñascos. Hay que escudriñar mucho con la vista para advertir el pequeño cubo de piedra, perdido en la cima, como un dado entre guijarros. Y viajeros hubo que, sin verlo, diéronle por avistado, cansados de negar, deseosos de que tuviera fin la insistencia de quien se empeñaba en señalarlo con el ojo fruncido y el índice enfilado.

Bórranse a la distancia los senderos y es tan hosco y tan agrio el aspecto de la sierra, que la suspendida construcción aparece aislada, inaccesible, perdida en la altura como un nido de águilas. Y águilas no son, sino mansos corderos los que allí habitan.

Es un convento de penitentes. Hombres que, a la manera de los antiguos cristianos, consideraron que el mundo es una charca infecta, donde germinan, como lombrices en lodazal, todos los vicios y todas las maldades, y determinaron huir de él. Sus almas, saturadas de luz divina, dejaron la sombría hondonada y, como los rayos del sol al atardecer, subieron hasta aquella cumbre elevada que las aproxima a Dios.

Vida de renunciación, vida de paz también, es la de aquellos santos varones; vida dedicada por entero a las profundas meditaciones, a las preces fervorosas, a las contemplaciones interminables, que aduermen el espíritu y lo hacen vagar por dilatados senderos de ilusión. Y para estos vuelos del alma hacia lo infinito, ningún paraje más adecuado que aquella cumbre altísima. Desde allí se ve pequeño, imperceptible casi todo lo de abajo: los bosques del valle son solo manchas oscuras; el río caudaloso, una hebra de luz; y los animales y los hombres no existen, sencillamente, porque no se les advierte; tan pequeños son desde la altura.

Mientras dura el verano, el sol recalienta las piedras, y las hierbas y los musgos, que quedan como metalizados. Pero llegado el invierno, ¡qué maravillas aquellas, que hacen florecer con los labios las alabanzas al Señor! Baja la nieve del cielo, revolando en nutrido enjambre y todo es blanco, sin mácula, como si la pureza misma del cielo cubriera la tierra con su manto generoso. Y luego, ya en la noche, la luna desciende a su vez sobre la nieve y los montes blancos y el blanco patio del claustro, blancos bajo el cielo azul, se hacen dulcemente luminosos, como en una visión de la gloria. Es una luz difusa, temblorosa, que todo lo baña en su nébula, que impregna con su claridad sutil todas las sombras, y que vierte en la humildad de las celdas el encanto de un celestial ensueño.

***

Una nevada tempranera había puesto ya blancura y silencio en la montaña y el claustro. Las nieblas permanecían en suspenso sobre el valle, como un mar de aguas opacas y, despendida de la tierra, la meseta del monasterio daba la ilusión de una inmensa nave aérea en viaje a la eternidad.

Recogidos en el refugio de sus celdas, los monjes penitentes se entregaban a la oración y al éxtasis: sueñan con el día bienaventurado en que sus cuerpos se irán a reposar, entre cánticos graves y preces lamentables, al panteón roqueño del convento, mientras sus almas, libres y gozosas, suben, suben al cercano cielo…

Manso, entre aquellos mansos de espíritu, más todos humilde y sencillo de corazón, el hermano Francisco, el bello hermano discípulo del pobrecito de Asís, escrupulosamente hurga en su alma, para arrancar de ella los más minúsculos sentimientos terrenales, tal un jardinero prolijo escarba en la blanda tierra de los barbechos y saca con sus dedos inexorables las raicillas que prometen dar vida a la cizaña.

Sentado está en la miseria de su lecho, encorvado sobre sí mismo, abiertos hacia lo infinito del éxtasis sus ojos sombreados por la ternura y la penitencia. La expectativa del encierro invernal le llena el alma de una nebulosa tristeza. Es joven, es sensible como una doncella, y su corazón, apaciblemente amoroso, alaba a Dios en todo lo creado. Saben los demás monjes, sábelo el anciano y bondadoso prior que el hermano Francisco habla con las florecillas silvestres y las besa con cariño, tan delicadamente, que sus labios se posan sobre ellas con la liviandad alada de una mariposa. Con curiosidad sonriente se han acercado más de una vez a contemplarlo, cuando abrazado a un viejo árbol, que los vendavales tumbaron, acariciábalo con sus manos exangües y decíale suaves palabras de consuelo. Y ocasiones hubo en que después de un coloquio divinamente amoroso con la cabra de pupilas de oro, tuvo un estremecimiento de pudor angélico al alzar la vista y ver cómo en torno de él se agrupaban, con rostros de beatitud, los demás monjes, sus hermanos, y lo miraban, lo miraban, con la alegría de sus santos ojos.

Pero ahora que la nieve baja sobre la cumbre, todo eso huyó. Huyeron las flores y los pájaros y los animalillos del buen Dios. Cae ahora la nieve: cae silenciosamente, cubriéndolo todo.

Y esta tristeza que flota en el alma del hermano Francisco, ¿será una tristeza bendita? ¿Será, acaso, este blando pesar por lo que se va, una inspiración del Demonio?

Así medita el bello hermano en la fría quietud de su celda, iluminada apenas por la blancura de la nieve, que cae, que hincha el dorso de la montaña y raya de blanco la sombra profunda de la quebrada.

Y para sosegar su espíritu hasta no sentirlo, hunde el buen monje su mano en el hondo bolsillo de su hábito y saca un pequeño libro forrado con piel de chivo, en cuya portada se lee: Vida de Francisco, el beato de Asís. Y sosteniendo el libro con la izquierda mano, ábrelo con los dedos de la diestra, por donde asoma el tallo aplastado y seco de una roja azucena de la montaña.

***

–Vos que amáis tanto a los animales, hermano mío Francisco, ¿diéraisle castigo o recompensa al lobo sanguinario que a dentelladas dio muerte al cabritillo del hermano Juan?

Iluminados los ojos por la esperanza de realizar una maravilla como la que llevara a cabo su glorioso patrono, el hermano Francisco repuso al monje que le hablaba:

–Hiciera por donde traerlo al camino de Dios, hermano mío; que la fuerza de las fieras no es en ellas sino ausencia de la gracia divina o presencia del espíritu malo.

Sonreía plácidamente bajo su capucha el monje austero y así le replicaba al amoroso Francisco:

–Cuidado, hermano mío, de empeñaros en tal empresa. Ved que el Demonio no duerme…

Pero el hermano Francisco no le oía ya: soñaba. Soñaba con la milagrosa aventura de su Seráfico Padre, que, por señalado favor de Dios, logró trocar la acometiva ferocidad del lobo asesino en la mansa resignación de un perro fiel.

Aquel diálogo, tenido en la penumbra matinal del claustro un día de nieve, fue para el hermano Francisco el germen de esta dulce obsesi
 ﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽as largas horas de encierro y de meditaci d mansa resignacicia divina o presencia del espso patrono, el hermano Franción que ahora le henchía el alma y la hacía breves las largas horas de encierro y de meditación.

Saldría una noche de su celda, cuando los hermanos durmieran, y como la nieve acallaría el rumor de sus sandalias, no sería por nadie sentido. Por la blanca ladera descendería al bosque inmediato, y después de orar a Dios y pedirle que lo acorriera en aquel trance, se internaría bajo la sombra de los pinos, llamando con voz queda:

–Hermano lobo… Hermano lobo…

Ya veía que perforaban la oscuridad silenciosa dos puntos de luz cambiante, ya verde, ya roja. El lobo estaba allí y él iba a su encuentro.

–Hermano lobo…

Tendía el buen Francisco sus manos temblorosas de ternura, como si acariciara ya el pelo hirsuto de la fiera.

–Hermano lobo… Hermanito lobo…

Humedecían las lágrimas sus ojos y su hermoso semblante de adolescente iluminábase de beatitud, al imaginar que la bestia cruel trocaba su fría mirada de odio en una tibia mirada de amor… Sonreía en éxtasis al figurarse su regreso al monasterio, seguido por el dócil animal, y con voz lejana decía, como si ya fuera verdad el ensueño:

–Hermanos, hermanos míos… He aquí al hermano lobo…  Os lo traigo…

***

Y aconteció que una noche blanca en que la luna bajaba sobre la nieve y los montes blancos y el blanco patio del claustro, blancos bajo el cielo azul, se hacían dulcemente luminosos, como en una visión celestial, el hermano Francisco abandonó la paz de su celda y descendió por la blanca ladera, al bosque inmediato.

Azul estaba el cielo y las estrellas tan cerca de la cumbre, que parecía que hubieran bajado para seguir, como curiosas pupilas, los silenciosos pasos de Francisco.

Y he aquí que al día siguiente, ya mediado éste, los monjes que buscaban al desaparecido hermano, lo hallaron en la linde del bosque, medio sepultado por la nieve, destrozado el burdo hábito y el blanco pecho desgarrado y sangriento. Su bello rostro de adolescente, pálido ahora y más hermoso, sonreía, mirando al cielo con los ojos abiertos e inmóviles.

Quedáronse los dos monjes, cruzadas las manos en el pecho, inclinadas las cabezas, y uno de ellos dijo gravemente, sin apartar del bello difunto la mirada:

–Hermano mío, Francisco: feliz tú, porque Dios, en premio de tu fe, te ha llamado…

Y contestó el otro, como en un soplo:

–Amén…

El cadáver seguía sonriendo, con los ojos abiertos…

jueves, 9 de abril de 2015

"Un sueño eterno" / Borges habla sobre Kafka

Mi primer recuerdo de Kafka es del año 1916, cuando decidí aprender el idioma alemán. Antes lo había intentado con el ruso, pero fracasé. El alemán me resultó mucho más sencillo y la tarea fue grata. Tenía un diccionario alemán-inglés y al cabo de unos meses no sé si lograba entender lo que leía, pero sí podía gozar de la poesía de algunos autores. Fue entonces cuando leí el primer libro de Kafka que, aunque no lo recuerdo ahora exactamente, creo que se llamaba Once cuentos.
Me llamó la atención que Kafka escribiera tan sencillo, que yo mismo pudiera entenderlo, a pesar de que el movimiento impresionista, que era tan importante en esa época, fue en general un movimiento barroco que jugaba con las infinitas posibilidades del idioma alemán. Después, tuve oportunidad de leer El Proceso y a partir de ese momento lo he leído continuamente. La diferencia esencial con sus contemporáneos y hasta con los grandes escritores de otras épocas, Bernard Shaw o Chesterton, por ejemplo, es que con ellos uno está obligado a tomar la referencia ambiental, la connotación con el tiempo y el lugar.Es también el caso de Ibsen o de Dickens.
Kafka, en cambio, tiene textos, sobre todo en los cuentos, donde se establece algo eterno. A Kafka podemos leerlo y pensar que sus fábulas son tan antiguas como la historia, que esos sueños fueron soñados por hombres de otra época sin necesidad de vincularlos a Alemania o a Arabia. El hecho de haber escrito un texto que trasciende el momento en que se escribió, es notable. Se puede pensar que se redactó en Persia o en China y ahí está su valor. Y cuando Kafka hace referencias es profético. El hombre que está aprisionado por un orden, el hombre contra el Estado, ese fue uno de sus temas preferidos.
Yo traduje el libro de cuentos cuyo primer título es La trasformación y nunca supe por qué a todos les dio por ponerle La metamorfosis. Es un disparate, yo no sé a quién se le ocurrió traducir así esa palabra del más sencillo alemán. Cuando trabajé con la obra el editor insistió en dejarla así porque ya se había hecho famosa y se la vinculaba a Kafka. Creo que los cuentos son superiores a sus novelas. Las novelas, por otra parte, nunca concluyen. Tienen un número infinito de capítulos, porque su tema es de un número infinito de postulaciones.
A mí me gustan más sus relatos breves y aunque no hay ahora ninguna razón para que elija a uno sobre otro, tomaría aquel cuento sobre la construcción de la muralla. Yo he escrito también algunos cuentos en los cuales traté ambiciosa e inútilmente de ser Kafka. Hay uno, titulado La biblioteca de Babel y algún otro, que fueron ejercicios en donde traté de ser Kafka. Esos cuentos interesaron pero yo me dí cuenta que no había cumplido mi propósito y que debía buscar otro camino. Kafka fue tranquilo y hasta un poco secreto y yo elegí ser escandaloso.
Empecé siendo barroco, como todos los jóvenes escritores y ahora trato de no serlo. Intenté también ser anónimo, pero cualquier cosa que escriba se conoce inmediatamente. Kafka no quiso publicar mucho en vida y encargó que destruyeran su obra. Esto me recuerda el caso de Virgilio que también le encargó a sus amigos que destruyeran la inconclusa Eneida. La desobediencia de estos hizo que, felizmente para nosotros, la obra se conservara. Yo creo que ni Virgilio ni Kafka querían en realidad que su obra se destruyera. De otro modo habrían hecho ellos mismos el trabajo. Si yo le encargo la tarea a un amigo, es un modo de decir que no me hago responsable. Mi padre escribió muchísimo y quemó todo antes de morir.
Kafka ha sido uno de los grandes autores de toda la literatura, Para mí es el primero de este siglo. Yo estuve en los actos del centenario de Joyce y cuando alguien lo comparó con Kafka dije que eso era una blasfemia. Es que Joyce es importante dentro de la lengua inglesa y de sus infinitas posibilidades, pero es intraducible. En cambio Kafka escribía en un alemán muy sencillo y delicado. A él le importaba la obra no la fama, eso es indudable. De todos modos, Kafka, ese soñador que no quiso que sus sueños fueran conocidos, ahora es parte de ese sueño universal que es la memoria. Nosotros sabemos cuáles son sus fechas, cuál es su vida, que es de origen judío y demás, todo eso va a ser olvidado, pero sus cuentos seguirán contándose.

(Tomado del diario El País www.elpais.com)

martes, 27 de enero de 2015

Cita de Luis Oyarzún


"El amor maniático por los animales viene también, como gran parte de la pintura abstracta, de la falta de amor por el prójimo".

viernes, 26 de diciembre de 2014

Una capilla literaria chilena, por Marta Brunet

(Leído en Tribuna de la Patria en Buenos Aires)


Los Diez

La casa queda en las cercanías de Santiago. Frontera al camino real y cercana al río Mapocho, la precede un parque criollo en que olorosos jazmines se enredan a los pilares de la fachada y unas tinajas muestran su comba lustrosa de verdín. Una cancela da paso al zaguán. De un lado queda la torre, en que está el escritorio; del otro, el comedor. Y al fondo otra cancela abre al patio, rectangular, bordeado de corredores con losetas rojas por piso, enjabelgadas las paredes en que suele mostrarse el fino herraje de una farola. En el patio hay naranjos y limoneros, una alta palmera y una fuente que dice su romántica canción de agua. Todo es claro, preciso, recoleto; casa colonial que implica señorío, y que a usted y que a mí, americanos nos es familiar, porque es la casa de los abuelos que guardamos en el corazón como el más dulce de los recuerdos de infancia.

Esta, en Santiago de Chile, es la residencia de Pedro Prado, poeta y novelista.

Más allá del parque de la casa se amontonan una serie de edificios híbridos, un poco capilla, otro poco de bodega, en pie alguna parte, otra medio derruida, con una torre y sus campanas silenciadas por el tiempo. Adentro hay una vaga luz de troneras y un inverosímil amontonamiento de objetos incongruentes; muebles, lagares, maquinarias agrícolas, material de construcción. Porque algún abuelo, posiblemente, pensó levantar allí una gran fábrica, y el pensamiento quedó solo en proyecto. Y por lo que fuera, respeto o desidia, nadie tocó nada. Y así fue el tiempo acumulándose hasta que un buen día o, mejor dicho, una buena noche del año 1916, el grupo literario de Los Diez hizo de aquel recinto la sede de sus reuniones, agregando a lo medroso del escenario, propicio a lo fantástico, la leyenda que ellos  mismos crearan.

Nunca se supo a ciencia cierta cuántos eran, ni se supo siquiera si eran diez. Pero su iniciador fue Pedro Prado, y con él estaban los más altos valores intelectuales que en ese entonces poseía Chile: Manuel Magallanes Moure, poeta; Alfonso Leng, compositor; Augusto d´Halmar, novelista; Acario Cotapos, compositor; Julio Bertrand, arquitecto; Alberto Ried, poeta. Posiblemente fueran más. Nunca se supo. Pero atando cabos, por lo que alguno solía decir, voluntariamente, porque en su espíritu estaba dejar cundir la leyenda, fomentando la curiosidad, se pudo reconstruir sus actividades.
Nació la idea juega jugando. Como hombres artistas, un mucho de niños que eran todos. En el fondo de unas de las bodegas, en una hornacina formada por una puerta ciega, levantaron un altar a un gran chivo, ante el cual quemaban incienso y decían largas tiradas de versos rituales. Todo esto con luces de velones, mientras las campanas, salidas de su mudez, picaban alegres voleos que espantaban a los búhos o doblaban toques que hacían a las viejas criadas encomendar a Dios el alma del moribundo. Los iniciados, gravemente, oficiaban, instruyendo a los neófitos en los misterios de esa liturgia. Y una vez terminado el acto, Los Diez se iban al escritorio de Pedro Prado, en la torre de entrada, felices de su escapatoria al absurdo, como niños que regresan del país de las maravillas.
Y entonces empezaba la faz extraordinaria de su obra, a la cual la cultura de Chile le debe frutos de óptima calidad.

La torre en que está el escritorio de Pedro Prado es cuadrada y al parque abren estrechas y altas ventanas. En las paredes lucen cuadros de grandes firmas. Aquí y allá hay sillones confortables, muebles de noble traza colonial. Una escalera pina lleva a la parte superior, atestada literalmente de libros. Allí se reunían Los Diez. Y era entonces el momento de la fina atención prestada a la obra que leía su propio autor, de la apasionada crítica, de escuchar la página musical recién concebida, de barajar conceptos sobre todo tema grato a la inteligencia.

Ampliaron su campo de acción. No era cosa de seguir jugando con el misterio ni de encerrarse entre las paredes de una torre. Fundaron una revista que se llamó Los Diez. Y luego tuvieron una editorial. El público culto los seguía, fascinado con los valores que ese grupo de seres privilegiados, a tono con su época, iba mostrándoles. Porque allí se rompían moldes, aparecían nuevas formas, ignoradas escuelas. Con sus notas bibliográficas, con sus páginas de arte, con su crítica, a más de la propia obra de cada cual, divulgaban autores universales hasta entonces poco conocidos en sus idiomas originales o en sus escasas traducciones.

Pero se les hacía pequeña su escenografía en las viejas bodegas y planearon un edificio frente al mar, una especie de cartuja, con biblioteca, refectorio, celdas propicias al trabajo, una sala de música y una alta torre para atalayar los horizontes, oyendo los vientos enredar su larga serpentina al cuello de los pinos. Y el mar y la montaña alrededor, inmensidad frente a otra inmensidad.

Discutieron los planos. Publicaron el proyecto definitivo. Un señor cualquiera, con mucho dinero y mucha admiración por ellos, les ofreció en El Algarrobo, al sur de Valparaíso, donde la costa presenta a las olas su dura frente de acantilados, un gran terreno para edificar la casa de Los Diez. Aceptaron el ofrecimiento y fueron en grupo a verlo. Allí mismo discutieron la ubicación. Llegaron a un acuerdo. Pero, en último instante, uno de ellos, acongojado exclamó:

–Pero, ¡cómo!... ¿Tendremos a nuestra torre para siempre aquí, fija, sin movimiento, sin que nunca pueda nadie darle nueva forma, sin que nunca se haga a la mar ni llegue a playas desconocidas?... ¿La torre de Los Diez, aquí, inmóvil para siempre, tangible, de piedra y cemento?...

Y resolvieron que jamás la torre sería otra cosa que un sueño más bello que toda realidad

Un año, dos años, el grupo de amigos pudo mantener la obra de Los Diez. Pero la vida intervino con el inexorable encaminar a sus criaturas por los caminos del destino, y así Manuel Magallanes Moure, poeta y pintor, una mañana cualquiera se durmió en la muerte: Augusto d´Halmar partió para tierras de Asia, enviado por nuestro gobierno como Cónsul en Calculta; Julio Bertrand se durmió también en la muerte; Alberto Ried tomó rumbo hacia Europa; Acario Cotapos, enfiló hacia Norte América. Tan solo quedaron en Chile Pedro Prado y Alfonso Leng. Alguna vez salieron fuera de su tierra. Volvieron como volvieron otros: d´Halmar, Cotapos, Ried Pero, aunque siempre unidos por la más cordial de las amistades, nunca el grupo de Los Diez volvió a formarse, convencidos, tal vez; de que una rosa nunca es igual a la rosa que antes floreciera en el mismo rosal.

¿Qué significan en nuestra vida cultural estos hombres que formaron el grupo de Los Diez?

El iniciador, Pedro Prado, es posiblemente el más fino espíritu de artista que hayamos tenido en Chile. Inquieto, tremendamente analítico, introvertido, lector insaciable, religioso, con una sólida cultura humanística, su obra primera lo sitúa con sus poemas en prosa entre los simbolistas. Publica La casa abandonada, Los pájaros errantes. Se destaca enseguida en la novela, y entrega Alsino, en que aparece el eterno personaje obsesionado con la idea del vuelo, Ícaro; aquí se llama Alsino y es criatura campesina, niño al que le crecen alas y al cual la vida condena a la caída, a la deformación, a la irremediable angustia del fracaso. Todo ello en un clima de poesía, dentro de cuadros de una realidad en que la montaña chilena aconcagüina abre sus ramazones y deja resbalar sus correnteras, y en donde los seres tienen algo de agua y de piedra, tiernos y duros al mismo tiempo. Posiblemente sea Alsino la obra máxima de Pedro Prado. Porque si bien publica después Un juez rural, lleno de observaciones y de un diluido humorismo, no se halla en sus páginas el hálito poético que levanta a Alsino hasta planos superiores en el orden literario. Pero no ha de quedarse en los poemas en prosa y en la novela tan solo. Si inquietud busca nuevas formas. Publica Androvar, drama bíblico, y después una serie de sonetos, obra de madurez, perfectos de forma y con un rico contenido emocional en que una pinta de escéptica filosofía pone un matiz que no llega a lo sombrío.

Dentro y fuera de Chile la obra de Pedro Prado es justamente valorizada. En constante producción, siempre en la casa de los abuelos en los extramuros de Santiago, sin sobresaltos ni ambiciones, sincero consigo mismo, trabaja solitario y ahincadamente.

Manuel Magallanes Moure, de familia lusitana, nos dejó una valiosa obra poética, romántica y melódica. La saudade apunta en todos sus versos. Sus temas son la mujer y el amor, en un fondo de paisaje desvanecido de colores: como vieja acuarela. Era un hombre alto, cenceño, de barbas undosas y unos ojos profundos y tiernos. Vivía en San Bernardo, en una destartalada quinta, entre libros y cuadros. Le gustaba pintar. Sus telas revelaban la misma sensibilidad que sus versos. Y su vida entera, rodeada de amigos, entregada a la mujer que amó apasionada y tímidamente, tiene un tono menor grato para el oído refinado.

Augusto d´Halmar, vigoroso, es la escala mayor, los sonoros acordes, los glisados, el pedal a fondo, el fortísimo. Viene de una familia nórdica, mezclada con galos y celtas. Alto, con un perfil de medalla, extraordinariamente bello, y con una voz dramática que maneja con destreza de viejo actor. Tuvo una adolescencia bohemia de cuño romántico; con corbatas flotantes, chambergos arbitrarios y capas con vistas de terciopelo. Y una insolencia de arcángel rebelde. Su primera obra fue una novela naturalista que pinta los bajos fondos santiaguinos. Juana Lucero se intitula. Publicaba poemas y cuentos. Recitaban en el Ateneo, escandalizando a los buenos burgueses con sus arrestos histriónicos. Después viaja. Conoce América, Asia, Europa; fija su residencia en Madrid y en París por largos años. Es íntimo de Rilke de Gide, de Azorín, de Montherlant. Su obra primera en Europa se empapa en Farrére y en Loti. Pero después se evade de estas influencias y entrega su novela mejor: Pasión y muerte del cura Deusto, publicada en España, con un escenario sevillano, auténtica de espíritu andaluz, de bello y rico léxico, y con una profunda psicología que bien perfila sus atormentados personajes. Sus obras posteriores, dentro de estos mismos méritos, nunca han superado a esta novela, que puede colocarse al lado con las grandes novelas de autores americanos que tienen a España por fondo y que pudieran ser: El embrujo de Sevilla, de Carlos Reyles, y La gloria de don Ramiro, de Enrique Larreta. Actualmente vive d´Halmar en Chile, en Valparaíso, navegante que no puede prescindir de su pipa y del olor a brea que el viento trae hasta su cuarto de trabajo, en la casita adherida al flanco de un cerro milagrosamente

Alberto Ried ha publicado poemas en prosa y cuentos. Poemas simbólicos de bellas sugerencias y cuentos en que prima lo fantástico; misterios, admoniciones. Prosa en que está presente el poema, dándole una gran categoría al conjunto. Es, además, un notable escultor, y algunas de sus obras, como Cabeza de Cristo y El hermano asno, le han dado un justo renombre.

Julio Bertrand, arquitecto dejó una serie de edificios de sobria belleza clásica. Uno de ellos, el más notable, es el palacio de la Embajada de Estados Unidos en Santiago, situado en el Parque Forestal, realizado en estilo renacimiento, lleno de severidad y hallazgos felices.

Alfonso Leng es el poeta del pentagrama, espíritu el más semejante al de Pedro Prado. Sus Doloras, su Muerte de Alsino –comentario de un capítulo a la obra de Prado– tienen el encanto y la fineza de los románticos. Frente a él, en el otro extremo, habría que colocar a Acario Cotapos, revolucionario, desconcertante, magníficamente dotado, especie de arsenal de ideas, con una orquestación endiabladamente difícil, cuyas obras han sido tocadas por las orquestas sinfónicas de Buenos Aires, Nueva York, Madrid, Santiago y París. Se puede combatir a Cotapos, se lo puede discutir, pero nadie le niega su real talento. Leng es la tradición, Cotapos el anarquismo. Uno es silente y alejado de todo lo que no sea su pequeño grupo de elegidos; el otro, sociable, simpatiquísimo es un conversador infatigable, contador prodigioso de cuentos, de anécdotas, de aventuras. Pero ambos, en su persona y en su obra, revelan el sello de un talento inconfundible.

¡Capilla de Los Diez! Me es grato recordarla aquí; para los auditorios argentinos, porque ese grupo de artistas chilenos ha dado a mi patria buena cosecha que enriquece el troje común.

Revista Atenea Nº 200, febrero de 1942.